Enfoque Sociopolítico |
Por Agustín Peña Cruz*
Ciudad Madero forma parte de un corredor político y urbano estratégico en el sur de
Tamaulipas —Altamira, Tampico y el propio Madero—, gobernado hoy por administraciones
emanadas de Morena y unidas no solo por la geografía, sino por problemas estructurales
compartidos: rezago urbano, presión ambiental, desigualdad territorial y una ciudadanía
cada vez más exigente frente al ejercicio del poder.
En este contexto, la antesala del carnaval y el despliegue de carros alegóricos funcionan
como metáfora involuntaria del momento político. Mientras Altamira y Tampico han logrado
anclar su narrativa identitaria a elementos tangibles —la industria, el campo, la
conservación ambiental, el turismo ecológico—, Ciudad Madero parece haberse refugiado
en un simbolismo místico que, lejos de fortalecer su imagen pública, la diluye.
Altamira, por ejemplo, no solo presume su vocación industrial y agrícola, sino que se ha
convertido en un referente nacional en materia ambiental. De acuerdo con registros
históricos de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), el litoral
altamirense —particularmente la zona de Rancho Nuevo— concentra entre el 40 y 50 por
ciento de la anidación mundial de la tortuga lora (Lepidochelys kempii), con temporadas que
han llegado a superar los 15 mil nidos anuales, un dato que coloca al municipio en el centro
de la agenda ambiental internacional. Tampico, por su parte, ha sabido capitalizar la
presencia del cocodrilo moreletii en la Laguna del Carpintero como un atractivo turístico
regulado, articulando conservación y desarrollo.
Madero, sin embargo, con Playa Miramar como uno de los activos turísticos más
importantes del Golfo de México, parece haber optado por una narrativa de “ciudad
galáctica” que prioriza lo anecdótico sobre lo estructural. La ufología, los “marcianos” y los
símbolos extravagantes han desplazado del discurso oficial temas urgentes: inundaciones
recurrentes, infraestructura hidráulica insuficiente, colonias vulnerables y una planeación
urbana que no termina de responder a la realidad cotidiana de sus habitantes.
El problema no es el folclor ni la creatividad institucional; el problema es la evasión de la
realidad. El alcalde Erasmo González Robledo parece gobernar desde una lógica paralela,
más cercana a la alegoría de la caverna de Platón que a los principios fundacionales de
Morena. Se administra desde las sombras proyectadas, mientras los problemas reales —los
que pisan el territorio— permanecen sin resolverse.
A pesar de contar con diagnóstico territorial y con una ubicación privilegiada para detonar
desarrollo turístico y económico, su administración no ha logrado romper la barrera de las
expectativas ciudadanas. La imagen pública del alcalde se ha deteriorado no por falta de
exposición, sino por exceso de superficialidad. En un partido que se asume bajo los ejes de
no mentir, no robar y no traicionar al pueblo, la disonancia entre discurso y realidad
comienza a pasar factura, incluso en las esferas nacionales del propio movimiento.
No es casual que, rumbo a 2027 —última oportunidad constitucional para una eventual
reelección—, desde dentro y fuera de Morena se empiece a hablar abiertamente de la
necesidad de un relevo político en Ciudad Madero.
LOS CRUZ: TERRITORIO, GESTIÓN Y REALIDAD
En ese escenario emergen dos perfiles que contrastan con la narrativa actual del gobierno
municipal y que comparten un elemento clave: conocimiento del territorio y comprensión del
nuevo modelo de comunicación política.
El diputado local Adrián Cruz Martínez ha construido su capital político desde la cercanía.
Su trabajo legislativo y de gestión se sostiene en una lógica que hoy se reivindica desde la
presidencia de la República: más territorio que escritorio. La empatía, el trato directo y la
capacidad de convertir demandas ciudadanas en iniciativas y gestiones concretas lo han
posicionado como un actor con credibilidad creciente. No hay estridencia en su discurso,
pero sí firmeza; no hay cinismo, pero sí responsabilidad institucional.
Por otro lado, Juan Dionisio Cruz Guerrero, director del Tecnológico de Ciudad Madero,
representa un perfil técnico-político poco común en el ámbito local. Su gestión educativa ha
trascendido las aulas: vinculación nacional e internacional, innovación académica y
construcción de consensos. Exsuplente del propio Erasmo González, conoce las entrañas
del territorio y del poder. Su fortaleza en el sector educativo no lo encasilla; al contrario, lo
proyecta como un articulador de política pública, desarrollo social e infraestructura básica.
En términos prácticos, entiende el cargo público como un puente de oportunidades, no
como un escaparate de fantasías.
Ambos perfiles contrastan con una administración municipal que parece haberse quedado
sin brújula. Mientras uno apuesta por la mística, otros apuestan por resultados. Mientras se
habla de ciudades intergalácticas, la ciudadanía sigue esperando drenaje funcional, calles
transitables y políticas públicas con los pies en la tierra.
Ciudad Madero no necesita encantamientos ni símbolos vacíos. Necesita gobierno, territorio
y convicciones firmes. Y hoy, paradójicamente, esas convicciones parecen llevar un solo
apellido: Cruz.
Nos vemos en la siguiente entrega mi correo electrónico es [email protected]
- El Autor es Master en Ciencias Administrativas con especialidad en relaciones industriales,
Licenciado en Administración de Empresas, Licenciado en Seguridad Pública, Periodista
investigador independiente y catedrático.