CONFIDENCIAL

Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.

                            

Hubo un tiempo en que la Universidad Politécnica de Victoria era motivo de orgullo. No un orgullo retórico, sino real, medible, comprobable en rankings, en empleabilidad y en el prestigio que sus egresados fueron ganando dentro y fuera de Tamaulipas.

Fundada el 23 de noviembre de 2006, la UPV —hoy Universidad Politécnica de Ciudad Victoria— nació con una vocación clara: formar ingenieros y especialistas de alto nivel en áreas estratégicas como mecatrónica, sistemas automotrices y tecnologías de la información.

Durante sus primeros años, la Politécnica se colocó entre las mejores del país. No es exageración ni nostalgia selectiva: hubo evaluaciones que la posicionaron por encima de universidades privadas de prestigio nacional, incluidas algunas de larga tradición.

Su nombre empezó a sonar más allá de Ciudad Victoria. Empresas de otros estados volteaban a ver a la Politécnica cuando requerían mano de obra altamente calificada. Los egresados hablaban bien de su escuela y el mercado laboral lo confirmaba.

Durante al menos una década, la universidad fue referente. Un ejemplo de cómo, con planeación, inversión y perfiles adecuados, la educación pública podía competir —y ganar— en calidad.

Pero algo se rompió.

A partir de 2016, con la llegada del gobierno panista a Tamaulipas, la Universidad Politécnica comenzó a ser tratada como lo que nunca debió ser: un botín burocrático.

Primero vino el recorte silencioso, casi imperceptible, de los subsidios. Menos recursos, menos mantenimiento, menos inversión. La asfixia financiera empezó a notarse, aunque al principio se intentó disimular.

Después vino lo peor: el amiguismo. La lógica académica fue desplazada por la lógica del compadrazgo. Los cargos directivos dejaron de ocuparse por perfiles capaces y comenzaron a repartirse entre cuates, amigos y recomendados.

La rectoría y las direcciones se convirtieron en premios políticos, no en responsabilidades académicas. El mérito fue sustituido por la cercanía con el poder.

Las consecuencias no tardaron en aparecer. La calidad de la educación empezó a caer, lenta pero consistentemente, como cae un edificio al que le quitan los cimientos.

Hoy, la Universidad Politécnica ya no es referente. Está sumida en un rezago que duele más cuando se recuerda lo que fue.

Las denuncias de alumnos y maestros coinciden: la institución sigue siendo utilizada como espacio burocrático, no como centro de excelencia académica.

A eso se suman las carencias materiales. Edificios que antes superaban en infraestructura a muchas universidades privadas hoy muestran deterioro evidente.

Aulas sin clima, instalaciones dañadas, equipos inservibles, laboratorios incompletos. La imagen de modernidad quedó en el pasado.

Pero el problema más grave no está en los muros, sino en las aulas vacías.

Hay un déficit alarmante de maestros. Y no por falta de profesionistas capaces, sino porque nadie quiere trabajar en condiciones precarias.

Los sueldos son bajos, indignos, casi ofensivos para el nivel de preparación que se exige. A eso se suman malos tratos, grillas internas y una administración que desalienta más de lo que impulsa.

Quienes hoy dan clases, muchas veces lo hacen por vocación o compromiso personal, no por el pago. Enseñan como hobby, no como profesión.

Eso provoca grupos sin maestros, materias incompletas y una formación deficiente que inevitablemente impacta en la calidad de los egresados.

La tragedia es doble: se daña a los estudiantes y se desperdicia una institución que ya demostró de lo que era capaz.

Por eso esta no es solo una crítica. Es un llamado.

Un llamado urgente a las autoridades estatales para que volteen a ver a la Universidad Politécnica, no como un espacio de acomodos, sino como lo que debe ser: un motor de desarrollo.

Si se recupera la inversión, si se limpia la administración, si se apuesta por perfiles académicos y no políticos, la Politécnica puede volver a ser lo que fue.

No se trata de inventar nada nuevo. Solo de devolverle a la universidad la seriedad, el respeto y la visión que tuvo en sus primeros diez años.

La Universidad Politécnica no fracasó sola. La dejaron caer. Y quien la dejó caer, tiene la obligación de levantarla.

EL RESTO.

BURÓCRATAS INCONFORMES.- Entre la burocracia estatal hay mucha inconformidad. Tanta que hay dependencias donde la situación está a punto de hacer crisis.

La razón: el acoso laboral que existe por parte de las áreas administrativas.

Es cierto que durante años se relajó la disciplina al grado de que se incentivó el aviadurismo. Había decenas de burócratas que cobraban sin trabajar.

Sin embargo, el otro extremo también es dañino: se obliga a los burócratas a trabajar fuera de su horario de trabajo bajo el amago de despido y se les niegan permisos a los que tienen derecho por ley. Hay un hostigamiento que ni en la iniciativa privada se ve.

Alguien en el gobierno debería darse cuenta de ello y poner orden. Viene una elección y el voto de los burócratas siempre es decisivo.

JEFE POLICIAL.- El nombre de Gerardo Rodríguez comienza a sonar como el próximo jefe de la Policía Investigadora en la Fiscalía General de Justicia del Estado.

Nos dicen que en breve comenzará a verse la mano del nuevo fiscal, Jesús Eduardo Govea, cuyo equipo comenzará a conformarse.

ASÍ ANDAN LAS COSAS.

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