Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz

Hay una tristeza en mi corazón que no sentía desde que murió mi padre, es como si el
corazón estuviera vacío, sumido en una soledad depositada en el abismo. Cuando mi
madre murió, su ausencia me hizo llorar durante todo un año diariamente, la extrañaba
en las cosas pequeñas y tontas, viví un duelo lleno de recuerdos, extrañándola en lo
cotidiano, inhibiendo el dolor con altas dosis de trabajo y largas horas de televisión.
Pero ahora es diferente, hoy vuelvo a recordar el duelo de mi padre, en silencio, con la
sonrisa como mueca, sin lágrimas, sin llanto.
Mi suegra, doña Andrea, se fue yendo de manera paulatina; el año nuevo lo
habíamos pasado en un hotel de Mc Allen esperando noticias, estaba muy grave y la
sentencia de muerte nos la dieron semanas atrás: “es cáncer” dijo el médico, ¿Cuánto
tiempo? Preguntamos “tal vez seis meses o un año, podemos operarla, darle quimio,
pero ella no quiere, renunció a cualquier tratamiento” ¿Qué podemos hacer doctor?
Preguntamos “cuidados paliativos, el día a día, darle de comer lo que ella quiera,
molestarla lo menos posible”.
Fuimos y venimos varias veces a Mc Allen antes de ese año nuevo donde
comimos en la habitación del hotel un sencillo vaso de leche con pan, que es mi cena
ordinariamente; solo nos animamos un poco cuando escuchamos el estruendo de los
fuegos artificiales que anunciaban las 12 de la noche, salí al balcón para ver a lo lejos
el derroche que hacia la ciudad por la alegría del nuevo año.

Después, dormimos profundamente, como quien desea alejar la tristeza
olvidándose del mundo; al día siguiente, estando aún en la cama, le conté a Ambrocio
que había escuchado a mi suegra platicar con el doctor. “Ella no me vio, yo estaba
afuera del cuarto esperando que terminara de auscultarla, él le preguntó que si tenía
algún familiar con quien irse a vivir para que no estuviera ni en el hospital ni en la casa
de cuidado porque era mejor estar con la familia y doña Andrea le contestó, tengo a mi
nuera, ella es como una hija, pero vive en México, entonces el doctor ya no le dijo
nada.”
Ambrocio sonrió, se levantó de la cama y dijo, “el problema es que mi pobre
madre está muy delicada” en ese momento sonó el teléfono y al contestar se escuchó
la voz de una mujer con marcado acento, esforzándose para hablar en español ¿el
señor Ambrocio López? Cruzamos las miradas, nos imaginamos lo peor “Soy la doctora
que ha pasado a visitar a su mamá y ella ha manifestado su deseo de irse a México
con su hijo Ambrocio, le hablo para preguntarle si usted está de acuerdo” él,
confundido, contestó “pero son 400 kilómetros de camino” muy contundente la voz le
dijo “ella está en este momento en buenas condiciones para viajar ¿está dispuesto a
llevársela?” De un salto me puse de pie, era una buena noticia entre todo lo mal que
pintaba la situación.
A mi suegra la conocí un día San Andrés, era su cumpleaños y Ambrocio me
invitó a su casa para partir el pastel, había venido desde Texas donde vivía, para pasar
su cumpleaños; me impresionó lo joven que se veía, muy fuerte, con un traje sastre
color claro, el pelo perfectamente pintado y con permanente, como lo acostumbraban
las mujeres de antaño, luciendo sus joyas de oro en forma discreta. No solía ser una

mujer afectuosa, era callada, de poca plática y ese día que la conocí, como era natural
sentí el rigor del celo maternal; Ambrocio animado le contó de mis virtudes, pero ella
sin mostrar entusiasmo me trató cortés y educadamente.
Nunca a lo largo de los años tuvimos problemas, siempre la vi con mucho
respeto, tal vez porque mis padres eran mayores y así me habían enseñado, pero en
su caso nunca trató de entrometerse en nada, si le preguntaba o consultaba algo me
respondía, si me quejaba de mi marido, lo reprendía, pocas veces bromeaba, nunca se
quejaba y su salud era inquebrantable.
El día dos de enero le dieron el alta en el hospital, antes de salir le hicieron
firmar documentos donde renunciaba a los tratamientos y a la resucitación en caso de
que cayera en paro, firmaron como testigos dos paramédicos que muy poco entendían
el español. Al salir nos encontramos a sus vecinas de toda la vida que habían vivido
frente a su casa en Monte Alto, Texas a donde llegó 45 años atrás cuando se casó con
Gabriel Farías, su tercer marido, después de haber enviudado de dos anteriores. Con
mucho afecto Fela, Esmeralda y Sylvia se despidieron de ella con las lágrimas en los
ojos “me voy a México para nunca volver” les dijo mi suegra con voz débil pero
juguetona, le pidieron tomarse una foto, pero ella se agarraba la cabeza y les repetía
“no estoy peinada” finalmente se la tomaron y a besos la dejaron ir.
Cuando me casé con Ambrocio teníamos la costumbre de ir 3 o 4 veces al año a
Texas para visitarlos a ella y a Gabriel, yo disfrutaba mucho el viaje, no solo porque
podía ir de compras a Mc Allen sino porque llegar a su casa en Monte Alto era recordar
la de mis padres cuando vivían en el Naranjo, San Luis Potosí, construida de madera,
en un solar muy amplio con árboles y en un pueblo cuya tranquilidad se respiraba todo

el tiempo. Era costumbre llevarles tortillas de maíz y panqué de nuez marca Bimbo, ir a
almorzar a los restaurantes mexicanos de los alrededores invitados por Gabriel y
después vagar todo el día por las tiendas donde las dos nos perdíamos en la ropa de
mujer donde le aprendía trucos para cazar ofertas y encontrar buena calidad.
Conocía mis gustos en ropa y comida. Cuando ella venía de visita siempre
procuraba traerme algún regalo y sabiendo de mi debilidad por los dulces, era
costumbre mis chocolates finos en navidad y cumpleaños. Tenía presentes para todos,
una pieza de ropa, una pequeña joya o unos dulces, daba a los demás con discreción.
Recuerdo que el día de mi boda llegó muy elegante con su traje sastre y zapatos
nuevos, alguien le comentó de su atuendo a lo que ella respondió “es la primera vez
que un hijo se me casa por la iglesia y que lo voy a acompañar hasta el altar”, mi madre
que no terminaba de convencerse del novio con el que me casaría estaba molesta y mi
suegra se le acercó para decirle “no se preocupe, mi hijo es bueno”. Al final mi mamá
terminó queriendo tanto a mi marido que en ocasiones pensaban que era hijo de ella y
yo de mi suegra.
Salimos por la tarde de Mc Allen rumbo a Ciudad Victoria con doña Andrea
recostada en el asiento del copiloto, esa fue tal vez la ocasión en que el trayecto,
muchas veces recorrido con alegría se tornaba delicado y triste, de vez en vez volteaba
a verla, pero ella durmió plácidamente durante las seis horas que duró el viaje. Cuando
llegamos a casa tuve la sensación de que habíamos logrado una gran hazaña, se veía
tranquila, cenó algo ligero y durmió toda la noche. Los siguientes días empezó a
mejorar poco a poco, se permitía salir al comedor para tomar sus alimentos, hacía una
pequeña caminata por el patio de la casa, se sentaba a tomar el sol o ver la televisión,

platicaba poco pero alegremente, incluso en ocasiones se preparaba su café o su
almuerzo, no pedía nada, no se quejaba de dolor o malestar, intentaba molestarnos en
lo mínimo. Incluso hubo días en que empezamos a dudar del diagnóstico, su
recuperación fue sorprendente los primeros meses.
El único momento en mi vida que recuerdo haber platicado con ella muy
profundamente fue cuando Ambrocio sufrió el infarto, en la sala de espera mientras
pasaban las horas cruciales posteriores al ataque, me platicó de sus pérdidas; porque
si alguien conocía muy bien el dolor de la muerte era ella, que había enviudado dos
veces y había perdido dos niños, Ismael de 8 años y una recién nacida. Fue tal vez la
única ocasión que la escuché hablar de sus sentimientos de dolor, tristeza y luto, ella
temía que Ambrocio muriera, pero no me lo decía, permanecía a mi lado todo el
tiempo, dándome ánimo; cuando finalmente lo dieron de alta, se quedó en casa varias
semanas acompañándolo en silencio, viendo la tele durante horas, atendiendo la
recomendación del médico de que no debíamos dejarlo solo. Lo mismo hizo él cuando
ella se vino con nosotros de Texas, la acompañaba viendo la tele, sin decir palabra, se
volvió su cuidador.
Un día le conté a una amiga que mi suegra estaba viviendo con nosotros
desahuciada con cáncer terminal, que no se quejaba y que se la pasaba callada, me
dijo “el cáncer es una enfermedad donde sabes que te está llevando la chingada, pero
hasta el último momento estas conscientes y no puedes hacer nada”. Luego vi la
película “La habitación de al lado” de Pedro Almodóvar y descubrí que el proceso de la
muerte se vive mucho antes de que llegue, que el cáncer te lleva del susto al gusto,
hasta el agotamiento porque de pronto hay días en que todo parece estar bien pero de

pronto todo entra en crisis, días alegres donde mi suegra comía, platicaba, salía al
jardín a tomar el sol y de pronto no se levantaba de la cama, invadida por una gran
debilidad que no le permitía tomar bocado. El deterioro fue paulatino, en el día a día
dejó de hacer sus paseos en el jardín, luego de ir al comedor, después ya no prendía la
tele, finalmente ya no se levantó de la cama, redujo sus comidas de tres a dos hasta
comer solo dos taquitos al día.
La noche en que se fue, había estado inquieta, yo tenía un viaje de trabajo al
siguiente día; Haydeé, su nieta que había estado muy de cerca acompañándola, salió
por un momento a su casa por ropa porque pasaría la noche con ella, antes de irme a
dormir fui a despedirme a su habitación para decirle que me iría de viaje, pero no me
respondió, la toqué, aún estaba tibia, le hablé a Ambrocio, el entró, me vio y le susurré
“parece que ya se fue”, me retiré un poco para que él se acercara, entonces la abrazó y
me dijo, “lo creo hasta que un médico me lo diga”.
No era ella cuando la vi, era el rictus de la muerte, eran los restos, un cuerpo
inerte que finalmente había perdido la batalla contra el cáncer, doña Andrea ya no
estaba ahí, de alguna forma se había liberado de la prisión humana; me senté cerca del
cuerpo y recordé a mi padre, que había luchado cinco semanas inconsciente contra la
muerte, lloré mientras llegaban los demás y se iniciaban los trámites. La vi largo rato
para convencerme que no era ella, era la muerte que nos acechó durante meses, la
que yo quería evitar cada vez que entraba al cuarto para darle los buenos días, las
buenas noches, preguntar si algo se le ofrecía, si tenía hambre, sed y que finalmente
me mostró su rostro.

Escogimos la mejor prenda para vestirla, la más elegante, sus nietas se
encargaron, también la maquillaron; Haydeé me contó que el cuerpo estaba muy tenso
cuando la había vestido, pero cuando terminaron de arreglarla lo notaron relajado,
“como si se sintiera tranquila de verse bien, ya ves que ella siempre se preocupó por
arreglarse”.
Muy temprano tomamos café y nos fuimos a la funeraria, el cuerpo acababa de
llegar y nos acercamos a verla, su cara, sus gestos, su postura era de tranquilidad, era
ella, la de siempre, de rostro serio, yacía dormida, elegante y serena. Me senté frente al
féretro y permanecí ahí hasta la hora de las exequias, ya por la tarde para despedir el
cuerpo que sería incinerado. Ese día no quise estar en otra parte, ni con otras
personas, ni hablar de otros temas, ni ocuparme de otros asuntos, me dediqué a
acompañarla en el último día que estaríamos juntas.
En alguna ocasión una amiga me preguntó que cómo me llevaba con mi suegra
y me dijo “yo me llevo muy bien con la mía, pero hay algo siempre que no termina de
acomodarse, no sé, creo que de alguna manera seguimos siendo extrañas una con la
otra”. Ahora que recuerdo ese comentario creo que mi relación con Doña Andrea fue
muy buena, pero nunca pudimos descifrarnos entre nosotras, seguimos siendo
extrañas la una con la otra y sin pretender entendernos construimos una relación
íntima, basada en el silencio, el respeto y el amor que ambas le teníamos a Ambrocio.
Era muy distinta a mi madre, pero tenía el mismo corazón generoso, la misma
actitud de servicio, la misma fuerza para enfrentarse a la adversidad, el mismo coraje
para sacar adelante a sus hijos y el mismo talento para erigirse en matriarca. Hoy la

casa está en silencio, la habitación vacía, el corazón triste y los ojos ya no tienen
lágrimas. Mi padre, mi madre y mi suegra se fueron, ahora solo quedamos nosotros.
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