A MI MANERA
Por Tello Montes

Hoy, 4 de enero, México conmemora la libertad de expresión.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿realmente hay algo que celebrar?
Celebramos una fecha, sí. Un derecho consagrado en la Constitución, también. Pero la libertad de expresión no se mide en discursos oficiales ni en efemérides, sino en la posibilidad real de decir sin miedo, de criticar sin castigo, de informar sin condicionamientos.
En los medios tradicionales, la palabra circula, pero muchas veces vigilada por intereses políticos, económicos o comerciales. No siempre calla la censura directa; a veces calla el autocontrol, la
pauta, la amenaza velada o el silencio impuesto por la violencia.
Y aun así, hay algo que reconocer: la libertad de expresión sigue viva porque hay quienes se niegan a soltarla. Periodistas, columnistas, reporteros y ciudadanos que, pese al riesgo, siguen hablando, escribiendo y cuestionando.
¿Hay algo que celebrar?
Tal vez no una victoria.
Pero sí la resistencia.
La terquedad de la palabra.
Y la convicción de que callar nunca será opción.
Porque en México, la libertad de expresión no es un logro consumado:
es una lucha diaria.
Y mientras haya quien la ejerza, aunque duela, sigue valiendo la pena recordarla.