DESDE ESTA ESQUINA.
MELITON GUEVARA CASTILLO.

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En el argot político, quienes escriben o analicen, el quehacer político gusta de hacer
distinciones entre el jefe y el líder; entre el líder y el dirigente. Y es que, muchas de las
veces, se habla de ellos de manera indistinta. Por ejemplo, en el caso de MORENA, Yuriria
Iturbe Vázquez, es la dirigente estatal, pero no la líder, puesto que ese rol lo desempeña
Américo Villarreal Santiago con su AVAnzada tamaulipeca.
¿Puede un jefe ser líder? Claro que si, todo depende de cómo se comporte en el quehacer
político. Y es que, cuando se hace una distinción entre los distintos jefes, encontramos una
gran variedad. Los hay que se caracterizan por ser autoritarios hasta despóticos; otros, son
demócratas y hasta cierto punto paternalista. Pero también los hay que se preocupan tanto y
tanto por las reglas formales, que no les interesa para nada la informalidad.
¿Qué sucede, entonces, con los jefes políticos ante la proximidad de las elecciones?
EL JEFE.
En política, desde siempre, quien tiene la tarea de ser un jefe, es decir, que tiene autoridad
formal, como es el caso del gobernador Américo Villarreal como Eduardo Gattas, que es el
Presidente Municipal capitalino. En el esquema político centralista resulta que, por reglas
no escritas, quien es un jefe formal, también lo es en términos políticos. Recuerdo como, en
el otrora poderoso PRI, el Presidente de la Republica era el primer priista. Hoy mismo, no
lo olviden, AMLO se proclama como líder de la 4T, tarea que entregará a la corcholata que
resulte ganadora, que todos asumimos será Claudia Sheinbaum.
Mario López, mejor conocido como La Borrega, es el Presidente Municipal de Matamoros.
Y hace días escenifico un hecho insólito: en un evento hizo público el nombre de seis de
sus colaboradores, señalándolos como potenciales candidatos a sucederlo. ¿Por qué lo hizo?
Se entiende para evidenciar que, en ese municipio, solo sus chicharrones truenan; para
hacer notar que, a la larga, él era quien ponga o decida quién será su sucesor. Le hace
segunda, hagan de cuenta, a AMLO. Quiere demostrar que es el jefe, que manda.
EL LIDER.
Se acaba de hacer público un hecho: que Mónica Villarreal pido a su hermano Américo, el
gobernador, la oportunidad de buscar ser la candidata de MORENA a la Presidencia de
Tampico. Actualmente es regidora vía MORENA. Se detalla que le fue concedido el
permiso, con una advertencia: que la decisión final será el resultado que arroje la encuesta
respectiva. Claro, es la regla impuesta por AMLO, pero no quita que en el juego por la
candidatura el piso no sea parejo.
La cuestión es que, la actitud de Américo Villareal lo pinta, si, como un jefe que a todos les
da oportunidad, como si fuera un demócrata. Actitud diferente, muy distinta, a la que asume
Mario López en Matamoros. Uno quiere ser el fiel de la balanza; el otro, un demócrata. Con

esta actitud Américo demuestra que, al menos en Tampico, el disfraz de una contienda
demócrata, será el camino para enfilar a Mónica a la Presidencia Municipal: hagan de
cuenta, repite lo que otros, como Marcelo Ebrard: que sea el pueblo el que decida.
CREEL Y XOCHITL.
Una de las cosas que, invariablemente, enfrentan los políticos es la decisión sobre sus
ambiciones. En algunas veces el contexto, y la forma en que se desarrollan los hechos, los
hacen entender que perdiendo pueden ganar. Al menos es lo que está sucediendo en el
Frente Amplio por México: unos se fueron, quejándose de las reglas, otros porque
entendieron que no tenían nada que hacer; otros, entendieron, que van a ganar. Van a ganar
ellos, pero quizá no Xóchitl.
Santiago Creel, el panista, se vuelve a quedar a mitad del camino. Ya no será candidato
presidencial, declino a favor de Xóchitl Gálvez: entendió que la dinámica no le favorece.
Pero ya gano, será el Coordinador de la campaña si Gálvez es la candidata. Pero, uno que es
mal pensado, se imagina que aquellos que participaron en el proceso van a ser premiados:
con senadurías, con diputaciones federales o locales, con liderazgos partidistas. El efecto
Xóchitl puede ayudar a incrementar la votación, tener más legisladores y sobre todo de
representación plurinominal.
LA ACTITUD.
La diferencia entre un jefe y un líder es sustancial para entender el comportamiento de los
políticos. El jefe manda porque tiene autoridad, que le da el cargo, y les gusta muchas de
las veces hacerlo patente. El líder es obedecido, entre otras cosas, por su capacidad para
actuar, porque sabe premiar y castigar, por su autoridad moral.