Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz
Tuve la fortuna de conocer hace muchos años a Olimpia Badillo, una poeta potosina que
Juan José Amador me presentó cuando yo empezaba a colaborar en la Revista de la
Universidad Autónoma de Tamaulipas, en los años 90; luego con los años, al volverme
directora de ésta, pude coincidir con ella en muchas ocasiones, entonces cruzaba yo el
umbral de los 20 con una incipiente carrera en la promoción de la literatura y ella era
entonces ya una escritora reconocida en San Luis Potosí.
Con los años, la amistad se afianzó al volverse una colaboradora permanente de la
Revista y a través de ella pude conocer a otros escritores, tanto de San Luis Potosí como
de otras partes de la república que también enriquecieron los espacios de poesía que
editábamos en Extensión Universitaria de la UAT.
En diversas ocasiones vino a Ciudad Victoria ya fuera para realizar talleres literarios,
presentar sus libros o visitar a su familia, que decía, tenía uno de los estanquillos más
famosos de venta de billetes de lotería y convivía con algunos escritores locales como
Nohemí Sosa, Arturo Medellín o Carmen Quiroga que la conocía de muchos años.
Profesora normalista, feminista, gran lectora, maestra de talleres literarios,
profundamente crítica y rigurosa con el oficio de la escritura poética, podía pasarse largas
horas hablando de escritores, estilos literarios, reía cuando contaba anécdotas de sus
alumnos normalistas. Era muy cuidadosa al expresarse, muy elegante en su porte y muy
afable en su trato. Siempre tuve la impresión de que su aspecto era de una mujer antigua.
En varias ocasiones coincidimos en la ciudad de San Luis por asuntos literarios y
tuve la fortuna de que me invitara a uno de sus encuentros de Mujer de palabra donde
conocí a una pléyade de poetas de todo el país, de quien conservo aun amistad.
Recuerdo que cuando le presenté a Ambrocio, mi marido, se le quedó viendo con
curiosidad y le preguntó “¿Eres del siete de diciembre?” Él desconcertado le contestó “¡No,
por qué?” Y esbozando una sonrisa le dijo “por que ese día es el día de San Ambronsio,
obispo y doctor de la Iglesia”. Desde entonces la fecha quedó grabada en nuestra
memoria.
Hoy me enteré por una publicación de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí
que había muerto, la noticia me estremeció porque Olimpia ha sido de esas amigas que
pueden pasar años sin que hablemos, pero cuando nos reencontramos continuamos la
conversación donde la habíamos dejado.
Por eso me estremecí, porque de pronto descubrí que no volveré a hablar con ella
nunca, quise hacer memoria de la última vez que hablamos por teléfono y no lo pude
recordar. Al llegar a casa busqué sus libros y leí las dedicatorias de su puño y letra, una
decía: “Para Ambrocio y Clara, por los reencuentros en la palabra y por la felicidad de la
vida aun sin escribir; también por los veranos en todas las estaciones”.
Hoy escribo sin felicidad, recordando a la poeta, que se fue un día antes del Día
Internacional del Libro, por eso finalizo este texto con un fragmento de sus versos “De
memoria y piel”: He bajado la voz para que Dios escuche/reconozca mi silencio/y sepa que
aquí ando/carcomida y vieja/ buscando polvo para hacer otra casa/ haciendo hueco para
que Él me encuentre/ Me adivine me palpe/se beba mis trucos y galope tras de mi/ como
cuando le di la espalda…
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