Columna de Aniversario.
Por Jorge Alfredo Lera Mejía.
Cuarenta y seis años han pasado desde aquel día luminoso en que nuestras almas, María de Lourdes y yo, decidimos entrelazar sus destinos.
Hoy, al mirar el camino andado, siento que el tiempo no ha marchitado nuestro amor, sino que lo ha pulido como el nácar: capa sobre capa, lentamente, hasta lograr ese brillo sereno que solo otorgan los años vividos con ternura, paciencia y fe.
Tú, María de Lourdes, has sido mi compañera de ruta, mi refugio y mi inspiración.
Juntos hemos reído ante la dicha y resistido los vientos del tiempo.
En tu mirada aún encuentro la certeza del primer “sí”, aquel que transformó nuestras vidas en un viaje compartido hacia la plenitud.
De nuestro amor florecieron tres maravillosos frutos: nuestra hija María Bárbara y nuestros hijos Jorge Rodrigo y Andrés, quienes extendieron las ramas de nuestro árbol familiar al unirse a Gabriel, Ana Paula y Marta, formando nuevos hogares donde germina la misma semilla de afecto que un día sembramos.
Y como un eco dulce del amor que nos une, llegaron nuestras tres joyas más brillantes: dos nietas y un nieto, pequeñas luces que alegran nuestros días y llenan nuestras almas de esperanza.
Hoy celebramos nuestras Bodas de Nácar, símbolo de un amor que, como el mar ante su perla, ha sabido moldearse con el pulso constante de la vida.
El nácar protege, embellece y perdura. Así es nuestro amor: fuerte y suave, discreto y eterno.
Tiene la belleza de lo construido con tiempo y la solidez de lo que se cimienta en la verdad.
Al mirarte, amor mío, siento en mi pecho la gratitud por cada risa, cada silencio y cada amanecer compartido.
La vida nos ha colmado de dones, pero ninguno tan grande como el regalarnos uno al otro por casi medio siglo.
Y hoy, al renovar la promesa que un día pronunciamos, le pido a la vida que nos conceda muchos años más de este amor que no envejece: un amor que sigue creciendo, firme, luminoso, como una perla nacida del corazón del tiempo.