CONFIDENCIAL

Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.

En Tamaulipas, la violación a los derechos humanos no siempre ocurre en la calle. Muchas veces se consuma después, en la cómoda indiferencia de la autoridad que decide no corregir sus abusos.

Seis de cada diez recomendaciones emitidas por la Comisión de Derechos Humanos del Estado son ignoradas por funcionarios públicos. No es una cifra menor, es la radiografía de una impunidad institucionalizada.

El dato, revelado por la propia presidenta del organismo, Taide Garza Guerra, no admite matices. La mayoría de los servidores públicos señalados por vulnerar derechos simplemente optan por no hacer nada.

Y lo hacen porque pueden. Porque el sistema se los permite. Porque saben que no habrá consecuencias.

La Codhet documenta, investiga, acredita violaciones, emite recomendaciones. Hace su parte. Pero ahí se detiene todo.

Lo que sigue es un terreno estéril donde la voluntad política se evapora y la responsabilidad institucional se diluye.

Las recomendaciones no son obligatorias. Ese es el corazón del problema. Son llamados éticos que dependen de la buena fe del infractor.

Y en el servicio público, la buena fe suele ser un recurso escaso cuando no hay sanción de por medio.

El Congreso del Estado tiene la facultad de llamar a comparecer a quienes desacatan estas resoluciones. Es, en teoría, un mecanismo de presión.

En la práctica, es una herramienta olvidada. Nunca se usa. Nunca incomoda. Nunca sucede.

Así, la cadena de responsabilidades se rompe en el eslabón más importante. El de la consecuencia.

El problema no es solo el desacato. Es el mensaje que ese desacato envía.

Si un funcionario puede ignorar una recomendación sin castigo, entonces el abuso deja de ser un riesgo y se convierte en una opción.

Y cuando el abuso no cuesta, se repite.

Los números confirman esa lógica. En 2025, las recomendaciones aumentaron en un 70 por ciento respecto al año anterior.

Más abusos, más señalamientos y la misma falta de consecuencias. Un círculo perfecto de impunidad.

El ciudadano queda atrapado en ese engranaje. Denuncia, espera, confía.

Pero al final recibe una respuesta desalentadora. Tiene la razón, pero no hay justicia.

El reciente criterio del Tribunal de Justicia Administrativa lo deja claro. El recurso es procedente, pero inoperante.

Una frase elegante para encubrir una realidad brutal. El sistema reconoce el agravio, pero se declara incapaz de corregirlo.

Es la institucionalización de la impotencia.

Y frente a eso, el silencio legislativo resulta inquietante.

Porque si hay un espacio donde este problema puede comenzar a resolverse, es en el Congreso.

No se trata de criminalizar conductas de manera irreflexiva. Se trata de construir mecanismos eficaces de cumplimiento.

Multas, sanciones administrativas, responsabilidades directas. Hay rutas posibles si existe voluntad.

Lo que no puede seguir ocurriendo es que la defensa de los derechos humanos dependa de la buena voluntad del agresor.

Eso no es justicia. Es simulación.

Y mientras esa simulación persista, los derechos humanos en Tamaulipas seguirán siendo, para muchos, una promesa incumplida.

EL RESTO.

EL CINÍSMO DEL DESCARO.-El problema con muchos políticos es que, con tal de obtener una candidatura, son capaces de todo.

Sin rubor. Sin memoria. Sin congruencia.

Ahí está el caso del empresario Jorge “El Tico” García. Hace apenas dos años buscó la candidatura a la alcaldía de Victoria arropado por el Verde en alianza con Morena y el PT.

Hoy, como sabe que en ese lado no tiene futuro, ya anda coqueteando con el PAN.

Así de simple.

Así de burdo.

El mismo que arremetía contra el panismo y el cabecismo, ahora pretende olvidar todo para competir bajo sus siglas.

Como si nada hubiera pasado.

Como si la sociedad no recordara.

Pero sí recuerda.

Y por eso cada vez cree menos en los políticos.

Porque ha entendido que, para muchos de ellos, la ideología es un estorbo y la congruencia un lujo prescindible.

Lo único que importa es llegar.

Aunque sea brincando de un lado a otro.

Aunque sea traicionando lo que ayer defendían.

Y luego se preguntan por qué ya nadie les cree.

ASÍ ANDAN LAS COSAS.

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