CONFIDENCIAL

Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.

               

Junto con los agentes del Ministerio Público, la Policía Investigadora es el brazo operativo de la Fiscalía General de Justicia del Estado, y de su eficacia dependen, en buena medida, los resultados en la persecución de los delitos.

Sin embargo, tras el desastre institucional heredado por Irving Barrios Mojica, la corporación quedó sumida en el rezago, la desarticulación y la pérdida de rumbo.

No es una apreciación subjetiva. Durante una década, la Policía Investigadora fue relegada, descuidada y, en muchos casos, desmantelada en su esencia operativa.

Se perdió experiencia, se diluyó el oficio y se rompió la cadena de formación que durante años dio identidad a la corporación.

Hoy, el resultado es una policía que, en su mayoría, está integrada por elementos jóvenes, con preparación teórica, pero con serias limitaciones en la práctica. Bastante fantochones pero pésimos investigadores.

El problema no es generacional, sino estructural.

Porque cuando no hay quien enseñe, cuando no hay referentes, cuando no existe una cultura operativa sólida, la corporación inevitablemente se debilita.

Y eso es exactamente lo que ocurrió.

La Policía Investigadora se convirtió en el eslabón más débil de la Fiscalía, con todas las consecuencias que ello implica en el combate a la criminalidad.

En ese contexto, la llegada de Eduardo Govea Orozco a la titularidad de la Fiscalía representa un punto de inflexión.

No se trata solo de un relevo administrativo, sino de la llegada de un perfil con formación, conocimiento institucional y, sobre todo, criterio para tomar decisiones de fondo.

Lo mejor de todo es que, Govea conoce a la perfección la Fiscalía porque se formó en ella cuando aún era Procuraduría General de Justicia del Estado. Conoce cuáles y dónde están las debilidades de la institución.

Por eso, desde su arribo, ha comenzado a meter orden.

La reconfiguración de áreas clave y la incorporación de perfiles con experiencia no son casualidad, sino parte de una visión que apuesta por la reconstrucción real y rápida.

Govea no solo conoce la institución, la entiende desde sus cimientos, desde sus entrañas.

Y esa diferencia, en un momento como el actual, resulta determinante.

Pero hay decisiones que serán el verdadero punto de quiebre.

Una de ellas es, sin duda, la designación de quien encabezará la Policía Investigadora.

No es un cargo menor.

Se trata de una posición estratégica que exige conocimiento profundo de la corporación, experiencia en campo y autoridad para reconstruir una estructura debilitada.

Es ahí donde cobra sentido voltear hacia la vieja guardia. No como un gesto de nostalgia, sino como una respuesta lógica a una crisis operativa.

La vieja guardia no solo representa años de servicio, sino una escuela de formación basada en la práctica, en el trabajo de campo y en la construcción de casos sólidos.

A ella pertenecen muchos comandantes y jefes de grupo que permanecen en el retiro, porque así lo decidieron ellos o simplemente porque fueron víctimas de un gobierno panista que los echó a la calle, en la mayor parte de los casos sin razón alguna.

Se trata de hombres que hicieron carrera dentro de la Policía Ministerial y que conocen, a fondo, el funcionamiento de la corporación.

Uno de esos nombres es el de Javier Aguilar Martínez.

Originario de San Carlos, Aguilar se formó en las entrañas de la institución. Desde nuestra trinchera como reportero coincidimos casí dos décadas en el ejercicio profesional: él investigando delitos y nosotros cronicándolos.

Por eso conocemos su trayectoria y por eso podemos asegurar que la Policía Investigadora requiere perfiles como el suyo.

Inició como agente y, con disciplina y resultados, fue ascendiendo hasta ocupar la subdirección.

Su trayectoria no es solo administrativa, es operativa.

Es de campo, de calle, de investigación real.

Conoce el ADN de la Policía Investigadora porque lo ha vivido.

Sabe cómo se integra una carpeta, pero también sabe cómo se construye una investigación desde cero.

Tiene, además, algo que hoy escasea: respeto interno.

Ese que no se impone con el cargo, sino que se gana con los años y con los resultados.

En tiempos donde abundan los perfiles de escritorio, Aguilar representa la experiencia que sí resuelve.

La que forma, la que corrige y la que da rumbo.

La corporación necesita liderazgo, pero también necesita recuperar su identidad.

Necesita disciplina, pero también necesita volver a creer en sí misma.

Y eso solo puede lograrse con perfiles que hayan vivido la institución desde dentro.

La vieja guardia puede ser, en este momento, la clave para rescatar a la Policía Investigadora.

Para dignificarla.

Para devolverle el respeto que perdió en años de abandono.

El fiscal Eduardo Govea Orozco tiene hoy la oportunidad de consolidar ese proceso.

No solo de ordenar, sino de transformar.

Porque en materia de seguridad, el margen de error simplemente no existe.

Y Tamaulipas no puede darse el lujo de seguir esperando.

Hoy, más que nunca, la solución no está en improvisar.

Está en regresar a lo que sí funcionaba.

Y en colocar al frente a quienes saben cómo hacerlo.

ASÍ ANDAN LAS COSAS.

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