Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz
Hace varios meses que no visitaba Ciudad del Maíz, mi pueblo natal, así que
aprovechamos el puente de marzo para ir a ver a mi hermano y su familia que viven
allá. Este viaje siempre implica rituales gastronómicos y visuales que desde hace
muchos años realizamos: salir muy temprano de Ciudad Victoria, pasar a San Rafael
carretera para degustar una gorditas pasadas por ceniza, llegar a comer a casa de mi
cuñada Felipa ya en el Maíz para disfrutar de su exquisita comida que siempre nos
sorprende (mole, guiso blanco, nopales con costilla de puerco, cecina en caldo,
etcétera.
Luego disfrutar de la tarde fresca abajo del nogal que ha crecido inmensamente en el
patio de la casa, recordando anécdotas y gente del pasado, salir a caminar a la plaza o
como le llaman allá al “jardín”, cenar enchiladas maicenses, ir temprano a la misa
dominical, almorzar barbacoa, irnos de compras al centro del pueblo para traer chorizo,
queso, cecina, espinazo de puerco, orégano y todos los sabores y aromas que
extrañamos en Victoria.
Siempre, regresar al origen reconforta el alma, nos recuerda de dónde venimos,
nos permite evaluar nuestra vida, retomar nuestros sueños primigenios, volver a ser un
tanto niños, venerar a los que ya se fueron y reencontramos con la memoria bendita de
nuestros padres.
Sin embargo, en esta ocasión algo cambió; la obsesión de las autoridades
porque este lugar tuviera la marca de Pueblo Mágico ha llevado a una trasformación
del paisaje que paulatinamente se empieza a ver maquillado y empiezo a sentir
nostalgia por su centro histórico viejo y desaliñado.
Nunca entendí la arquitectura posmoderna de la puerta, que décadas atrás un
ocurrente presidente municipal construyó en la entrada del pueblo, en medio de la nada
y sin propósito justificado, ahora vandalizada.
No sé el propósito de la construcción de una torre con reloj en la curva de la
carretera federal, ya dentro del pueblo; que es una copia barata de la que se encuentra
en la plaza principal de Santa María del Río, que no abona en nada a la arquitectura
colonial y neoclásica del paisaje del centro histórico.
Más hubiera valido invertir esos recursos en restaurar la maravillosa joya
arquitectónica que es el templo de la Inmaculada Concepción, porque ¿Cuál es el
sentido de adornar el pueblo con obras inútiles y mediocres que en nada compiten,
suman, abonan y enriquecen el patrimonio inmueble del centro histórico?
Ahora, en esta visita me encuentro con las fachadas de la calle principal bien
alineadas, pintadas, con grandes y hermosos murales, una banqueta ancha, bien
construida, bonita fisonomía para un pueblo mágico que no me fue familiar, íntimo,
conocido.
Un pueblo que espera turistas, un pueblo para “ver”, un Pueblo Mágico para
vender al visitante, pero no mi pueblo, ese que en su desorden y rusticidad me
recordaba mi infancia, a mis padres, a mi raíz. Refugié la mirada en el templo, en sus
interiores soberbios, sus retablos impresionantes, sus imágenes inamovibles, ahí el
tiempo está detenido, tan intacto como el recuerdo de mi infancia, mi memoria, ahí
donde mis muertos se sienten vivos.
Ahora, este pueblo mágico ya no es para mí, sino para quienes quieran
sorprenderse con su belleza, ya ajena. Pero los retos son grandes y las mejoras solo
de apariencia, el pueblo entero está sufriendo una terrible escasez de agua, que por
décadas nadie ha querido ni ha podido resolver y que en los últimos años parece
haberse agudizado.
El asunto es que los turistas nada más no llegan, hay que competir con otros
176 pueblos mágicos diseminados por todo México, la evidencia fue ver el hotel donde
nos hospedamos vacío en el fin de semana largo.
Y el atractivo dominical, un tianguis de ropa de segunda en el jardín que
contradice la imagen del Pueblo Mágico donde la historia y tradición debería ser sus
principales símbolos.
Reencontrarme con la calle de mi infancia ya no será posible, aunque los viejos
santos de la iglesia sigan inamovibles, las calles de la periferia sigan intactas y los
sabores de su cocina se conserven, algo se ha perdido en aras de vender un paisaje
maquillado y un pueblo que no ha podido resolver por décadas sus problemas básicos.
Ahora Ciudad del Maíz es un Pueblo Mágico entre un montón de pueblos
mágicos, donde los turistas no llegan y quienes vamos hasta ahí, lo hacemos buscando
nuestras raíces y memoria que empiezan a desaparecer en aras del progreso
económico prometido que simplemente no se sabe cuándo llegará.
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