Reflector/Gilda R. Terán.

Cuenta la Biblia que, Esther, fue una joven judía colocada en un tiempo de gran
incertidumbre, cuando el pueblo de Dios fue diseminado en provincias paganas y
regresaban del exilio, es la última mujer de la cual se habla en el Antiguo Testamento.
Y su legado de valentía y sumisión hacen de ella una mujer hermosa, su nombre judío era
Hadasa, nació de una familia que decidió permanecer en la tierra del cautiverio y no
regresar a Jerusalén.
Su historia se coloca alrededor del año 483 a.C, cuando el rey Asuero o Jerjes en su afán de
conquistar Grecia para vengar los males que le ocasionaron a los persas y a su padre,
celebra un festín de planificación de ataque con los príncipes y gobernantes de Persia y de
Media, invitando a todo el pueblo de Susa, la ciudad real Persa.
Justo ahí vivía Ester, llegando a sus veinte años, observando un ambiente de tensión
nacional, los hombres de todas partes se sentían desafiados por el irrespeto de la reina Vasti
al no presentarse ante la corte del rey cuando fue llamada, en la culminación de la gran
fiesta.
La ira del rey se incendió contra ella y fue destituida. Con este acto los hombres en todo el
reino fueron afirmados (Ester 1:10-22), pero su vida fue marcada por la sumisión en todo
tiempo con su obediencia a Mardoqueo, al dejarse guiar por Hegai, y la forma respetuosa
con la que se dirigía ante el rey.
Y su forma de responder ante el liderazgo de Mardoqueo, demostraba un corazón que no
estaba resentido por ser huérfana y criada por su primo, y a pesar de vivir en un tiempo de
gran letargo espiritual, mantuvo convicciones firmes en cuanto a su fe (Ester 4:15).
Esther demostró estar contenta con lo que le fue dado, mostrando confianza en Dios más
que en adornos y accesorios lujosos, y cuando denunció a Amán, lo hizo bajo la protección
de su esposo: no se le ocurrió una estrategia que no tomara en cuenta su lugar en el reino y
en su matrimonio .
Además fue prudente al hablar a su esposo, no se apresuró, buscó el rostro de Dios primero
y esperó el tiempo oportuno, y al ayunar dejaba implícito su vida de oración, mostrando así
su dependencia en Dios.
Y en el peor de los momentos que enfrentaba el pueblo judío, Dios proveyó de rescate a
través de Esther, de una manera tan asombrosa, que el poder de nuestro Padre Celestial
mostró su gloria para quienes le claman todo el tiempo.

Y es que las adversidades forman parte de la vida, no estamos exentos de ellas, no somos
ajenos al sufrimiento, y muchas veces, ese dolor se convierte en un canal de aprendizaje, a
veces, más directo que la misma felicidad, por lo que aceptar, abrazar y superar lo que nos
sucede en las adversidades, es vital para que la experiencia nos ayude.
Nos vemos en la próxima.
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