Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
En mi vida he visto muchas transformaciones.
Políticas. Sociales. Ideológicas.
Pero hay una convicción que no me ha cambiado nunca:
estoy a favor de la libertad.
No de la libertad absoluta que atropella.
No de la libertad fanática que impone.
Sino de la libertad que termina donde comienzan los derechos del otro.
Y esa libertad solo puede existir bajo una condición indispensable: un Estado laico.
El Estado laico no es un capricho liberal.
Es una arquitectura de estabilidad.
Es el muro invisible que separa la fe del poder.
Es la línea que impide que una creencia se convierta en decreto.
Es el mecanismo que protege tanto al creyente como al que no cree.
Cuando esa línea desaparece, el mundo arde.
Irán es hoy el ejemplo más claro de lo que ocurre cuando el líder político es, al mismo tiempo, el líder religios.
Allí, la máxima autoridad del Estado no solo gobierna: interpreta la voluntad divina.
Supervisa fuerzas armadas, influye en la política exterior y ejerce poder con legitimidad teológica.
Ese diseño no es menor.
Es estructural.
Cuando la autoridad política se reviste de sacralidad, la oposición deja de ser adversario y se convierte en blasfemia.
La negociación deja de ser posible porque ceder ya no es un cálculo político: es una traición doctrinal.
Por eso el conflicto en Medio Oriente no es solamente geopolítico.
Es teológico-político. Y cuando el poder se fundamenta en convicciones sagradas, la diplomacia pierde terreno frente al destino.
La guerra deja de ser estrategia. Se vuelve misión.
Y cuando la misión es sagrada, el límite desaparece.
El Estado laico existe precisamente para evitar eso.
México entendió esta lección hace más de siglo y medio.
Separar Iglesia y Estado no fue una agresión contra la fe; fue una defensa de la convivencia. Fue reconocer que el poder civil debe representar a todos, no a una doctrina.
El creyente tiene derecho a creer.
El no creyente tiene derecho a no creer.
El Estado no tiene derecho a elegir por ellos.
Porque cuando el gobierno adopta una verdad absoluta, la pluralidad se convierte en amenaza.
Y el fanatismo —sea religioso, ideológico o partidista— termina justificando cualquier cosa en nombre de “la causa”.
La laicidad no es neutralidad cobarde.
Es neutralidad inteligente.
Es el reconocimiento de que ninguna interpretación del mundo puede imponerse como ley universal sin romper la República.
El Estado laico no elimina la fe. La protege del poder.
La protege de convertirse en instrumento.
La protege de convertirse en arma.
Hoy, mientras el mundo observa conflictos donde lo político y lo sagrado se confunden, conviene recordar que la estabilidad no depende solo de ejércitos o tratados.
Depende de instituciones que entiendan sus límites.
La fe pertenece al alma.
La ley pertenece a la nación.
Cuando se mezclan, la historia suele cobrarse la factura.
Yo elijo la libertad con límites.
Yo elijo la República.
Yo elijo el Estado laico.
Siempre.