Enfoque Sociopolítico |
Por Agustin Peña Cruz*
En las últimas décadas, el debate público ha sido colonizado por una pregunta que, aunque
parece cultural o expresión constante, encierra implicaciones psicológicas, jurídicas, y
filosóficas y reflexiones profundas: ¿qué significa hoy ser humano? La expansión de
identidades no convencionales, la reivindicación del libre desarrollo de la personalidad, el
avance de la inteligencia artificial (IA) y la creciente humanización de los animales —al
tiempo que ciertos sectores juveniles exploran identificaciones simbólicas con lo animal—
dibujan un escenario de profunda disonancia social. No se trata de un fenómeno superficial.
Se trata de una tensión estructural entre la tradición humanista occidental y una sensibilidad
contemporánea que cuestiona sus cimientos.
Desde un ángulo geopolítico, la deshumanización —históricamente utilizada para justificar
guerras, colonizaciones o exterminios— muta hoy en una herramienta más sutil: la dilución
conceptual de lo humano. Ya no se niega frontalmente la humanidad del otro; se la
fragmenta, se la relativiza, se la diluye en categorías simbólicas o tecnológicas. El resultado
es una reconfiguración del sujeto político. Y con ello, de sus derechos, deberes y
responsabilidades.
PSICOLOGÍA DE LA IDENTIDAD Y LA GRAN DISONANCIA SOCIAL
En el plano psicológico, fenómenos como el de los llamados “therians” —personas que se
identifican de manera simbólica o espiritual con animales— han sido objeto de análisis
académico. Lejos del sensacionalismo mediático, la psicología tiende a abordarlos como
expresiones de identidad compleja, vinculadas a procesos de autoconcepto, pertenencia y
búsqueda de sentido. El problema no radica en la existencia de tales identidades, sino en el
contexto sociocultural que las amplifica y resignifica.
Las nuevas generaciones crecen en un entorno digital donde la identidad es performativa,
editable y, en cierto modo, intercambiable. La frontera entre lo simbólico y lo ontológico se
difumina. Mientras tanto, en paralelo, los animales domésticos adquieren estatus cuasi-
familiares, con discursos que les atribuyen subjetividad plena y derechos equiparables a los
humanos. El resultado es una inversión simbólica: humanos que reivindican rasgos
animales como núcleo identitario y animales que son investidos de categorías morales
tradicionalmente reservadas a las personas.
Desde la psicología social, este fenómeno puede leerse como una reacción a la crisis de
sentido en sociedades hipercompetitivas y fragmentadas. Identificarse con lo animal puede
representar una huida de la presión normativa asociada a lo humano: productividad,
racionalidad, éxito. Lo animal simboliza autenticidad, instinto, pertenencia a una naturaleza
no mediada por el mercado. Pero cuando la metáfora se absolutiza y se convierte en
categoría ontológica, surge la disonancia: el lenguaje jurídico y político sigue operando bajo
la premisa de un sujeto humano racional, autónomo y responsable.
Aquí emerge una tensión delicada. El principio del libre desarrollo de la personalidad
—reconocido en múltiples constituciones contemporáneas— protege la facultad de cada
individuo para construir su proyecto de vida sin injerencias indebidas del Estado. Sin
embargo, este principio no es absoluto. Encuentra límites en el orden público, los derechos
de terceros y la estructura misma del sistema jurídico. El reto es determinar hasta dónde
llega la libertad identitaria sin desdibujar las categorías sobre las que descansa la
arquitectura normativa.
La disonancia social no es, entonces, una mera excentricidad generacional. Es un síntoma
de una transición cultural más profunda: la tensión entre el humanismo ilustrado y una
sensibilidad posmoderna que cuestiona la centralidad del sujeto racional.
IUSNATURALISMO, IUSPOSITIVISMO Y EL LIBRE DESARROLLO DE LA
PERSONALIDAD
En el plano jurídico, la discusión se inserta en una vieja controversia: iusnaturalismo versus
iuspositivismo. Para el iusnaturalismo, existen derechos inherentes a la naturaleza humana,
anteriores y superiores a cualquier norma positiva. Para el iuspositivismo, el derecho es
aquello que el legislador establece conforme a procedimientos válidos, con independencia
de consideraciones morales externas.
Si la noción misma de “naturaleza humana” se vuelve inestable o radicalmente relativizada,
el iusnaturalismo pierde uno de sus pilares conceptuales. ¿Qué derechos son “naturales” si
la definición de lo humano se fragmenta? En cambio, el iuspositivismo podría adaptarse con
mayor flexibilidad, incorporando nuevas categorías siempre que el legislador así lo
disponga. Pero esta plasticidad tiene un costo: el riesgo de que la ley quede a merced de
corrientes culturales coyunturales.
El principio del libre desarrollo de la persona, en muchos sistemas constitucionales, ha
servido como cláusula abierta para proteger identidades, orientaciones y proyectos vitales
diversos. Su fuerza radica en reconocer que el Estado no debe imponer un modelo único de
vida buena. No obstante, cuando las reivindicaciones identitarias cuestionan categorías
jurídicas fundamentales —como la capacidad, la responsabilidad o la titularidad de
derechos— el sistema enfrenta vacíos y dilemas.
¿Puede el derecho reconocer jurídicamente identidades que desbordan la categoría de
persona humana sin erosionar su coherencia interna? ¿Hasta qué punto la humanización
legal de los animales —mediante estatutos de protección reforzada— altera la distinción
clásica entre sujeto y objeto de derecho? En varios países se han otorgado figuras como la
“personalidad jurídica” a ríos o ecosistemas. Aunque simbólicamente poderosas, estas
decisiones tensionan la estructura tradicional del derecho civil.
Los nuevos retos y vacíos legales no son menores. La inteligencia artificial añade otra capa
de complejidad. Sistemas autónomos que toman decisiones, generan contenido o
interactúan con humanos cuestionan la noción de responsabilidad. Si un algoritmo causa
daño, ¿quién responde? ¿El programador, la empresa, el usuario? Y si, en un futuro, se
atribuyeran a ciertas inteligencias artificiales rasgos de autonomía funcional, ¿estaríamos
ante un nuevo sujeto jurídico o ante una sofisticada herramienta?
La deshumanización, en este contexto, adopta una forma paradójica. Mientras se amplían
derechos a entidades no humanas, el concepto de humanidad se relativiza culturalmente. El
riesgo geopolítico es evidente: en sociedades polarizadas, la fragmentación conceptual
puede ser instrumentalizada para debilitar consensos básicos sobre dignidad,
responsabilidad y límites del poder.
KANT, SARTRE Y LA FRONTERA MORAL ANTE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
La reflexión filosófica ofrece un marco indispensable para comprender la profundidad del
debate. Immanuel Kant sostuvo que el ser humano debe ser tratado siempre como un fin en
sí mismo y nunca meramente como un medio. Esta formulación, núcleo de su ética,
presupone una dignidad intrínseca derivada de la racionalidad y la autonomía moral. El
sujeto kantiano no es intercambiable; no es un objeto. Es un agente moral capaz de
legislarse a sí mismo.
Cuando la cultura contemporánea diluye la distinción entre sujeto y objeto —entre humano,
animal y máquina— la advertencia kantiana adquiere una nueva relevancia. Si todo puede
ser reconfigurado simbólicamente, ¿qué garantiza que el ser humano no sea reducido a
mero recurso en dinámicas tecnológicas o geopolíticas? La inteligencia artificial, capaz de
simular lenguaje, creatividad e incluso empatía, plantea un desafío: ¿seguirá siendo
evidente la diferencia entre un sujeto moral y un sistema complejo de procesamiento de
datos?
Jean-Paul Sartre, desde otra orilla filosófica, proclamó que la existencia precede a la
esencia. El ser humano no está predeterminado; se define por sus actos. Sin embargo,
también advirtió sobre la tentación de la “mala fe”: la huida de la responsabilidad mediante
la negación de la propia libertad. En un mundo donde las identidades pueden multiplicarse y
redefinirse sin cesar, la pregunta sartreana es incómoda: ¿estas transformaciones expresan
auténtica libertad o son, en algunos casos, estrategias de evasión ante la angustia de
existir?
La provocadora frase atribuida al pensamiento existencialista —que cuando el hombre ha
muerto, también ha muerto el pecado— puede leerse como una crítica a la pérdida de
referencias morales trascendentes. Si la categoría de humanidad se diluye, también lo hace
el marco que permite hablar de culpa, responsabilidad o deber. En términos jurídicos, esto
es explosivo: el derecho penal, por ejemplo, descansa en la idea de un sujeto capaz de
comprender y dirigir su conducta.
La deshumanización, entendida no como negación violenta sino como relativización
progresiva, se convierte así en un fenómeno de implicaciones globales. En el tablero
geopolítico, donde las potencias compiten por el dominio tecnológico y narrativo, la
definición de lo humano no es neutral. Determina quién merece protección, quién puede ser
instrumentalizado y qué límites se imponen a la experimentación científica.
La gran disonancia social —humanos que reivindican lo animal, animales investidos de
atributos humanos, máquinas que imitan la conciencia— no es un simple fenómeno cultural.
Es un laboratorio donde se ensaya el futuro de la dignidad y del derecho. Si el humanismo
ilustrado fue el cimiento de los sistemas constitucionales contemporáneos, su erosión
plantea interrogantes sobre la estabilidad de esas mismas estructuras.
Atender esta disonancia no implica censurar ni negar la diversidad identitaria. Implica
reconocer que el lenguaje jurídico y filosófico no puede sostenerse sin categorías
relativamente estables. El desafío consiste en armonizar el principio del libre desarrollo de la
persona con la preservación de un núcleo irrenunciable de dignidad humana.
En última instancia, la pregunta no es si debemos aceptar nuevas formas de identidad o
regular la inteligencia artificial. La pregunta es más radical: ¿qué estamos dispuestos a
considerar humano y bajo qué criterios? En la respuesta se juega no solo una disputa
cultural, sino la arquitectura moral y jurídica del siglo XXI.
Nos vemos en la siguiente entrega mi correo electrónico es [email protected]
- El Autor es Master en Ciencias Administrativas con especialidad en relaciones
industriales, Licenciado en Administración de Empresas, Licenciado en Seguridad Pública,
Periodista investigador independiente y catedrático.