REFLEXIONES ECONÓMICAS

Dr. Fernando Arriaga Martínez
La Megafarmacia del Bienestar fue concebida por el gobierno federal encabezado
por Andrés Manuel López Obrador como la solución definitiva al desabasto de
medicamentos en México … provocado por ellos mismos. Fue inaugurada el 29 de
diciembre de 2023 en el municipio de Huehuetoca, Estado de México, bajo la
promesa de que cualquier paciente del sistema público podría solicitar un
medicamento y recibirlo en un plazo de 24 a 48 horas.
En el discurso oficial se llegó incluso a describirla como la “farmacia más grande
del mundo”, con capacidad para transformar radicalmente el abasto de
medicinas.
La narrativa fue contundente: se acabaría el desabasto, se centralizaría la
distribución y el Estado demostraría que podía hacerlo mejor que el mercado. Pero
al analizar cifras, resultados reales y fuentes documentales, lo que emerge es muy
distinto.
Desconocemos hasta que punto el Señor López se imaginó un Amazon de
medicinas de todo tipo, sin tener una remota idea de la tremenda diversidad de
productos que debe de surtir una farmacia, sobre todo tomando en cuenta las
temperaturas y condiciones de conservación.
No quisieramos pensar que se asesoró del infumable de Gatell para tamaña
ocurrencia, porque sería parafraseando al histórico, algo así como, crónica de una
muerte anunciada.
¿Dónde está la megafarmacia y que hay detrás de eso?

La bodega que se utiliza como la farmacia de los sueños se instaló en una bodega
previamente construida en el complejo logístico de Huehuetoca, en el Estado de
México, por una empresa privada y extranjera para colmo de males, como lo es la
danesa Novo Nordisk cuya principal función es surtir medicamentos para ciertas
enfermedades.
Quizá por su antecedente de provenir de fondos privados es que la ubicación de la
misma es óptima ya que se encuentra muy cerca de una zona logística estratégica
cercana a autopistas y al Valle de México.
El gobierno federal adquirió el complejo por una cifra cercana a los 2,000 millones
de pesos (diversas fuentes estiman entre 1,800 y 2,200 millones, dependiendo de
adecuaciones y costos asociados).
A esa cifra hay que añadir gastos de adecuación, sistemas de refrigeración
especializada, transporte, contratación de personal, tecnología de inventarios y
logística de última milla. Si se consideran estos elementos, el costo total del
proyecto se acerca —según estimaciones de especialistas— a los 3,000 millones
de pesos o más en inversión inicial y operación temprana.
Desde una óptica financiera, la primera pregunta es evidente: ¿qué problema
estructural resolvía esta inversión que no pudiera resolverse fortaleciendo la red
existente del IMSS, ISSSTE y servicios estatales de salud?
El desabasto no era un problema de metros cuadrados. Era un problema de
compras consolidadas fallidas, litigios con farmacéuticas, cambios abruptos en
reglas de licitación y ruptura de cadenas logísticas previamente funcionales.
Invertir miles de millones en un almacén central no atacaba la raíz del problema: la
planeación, la certidumbre contractual y la ejecución operativa.
¿Prestó el servicio prometido?
La promesa presidencial fue clara: cualquier paciente del sistema público podría
llamar, registrar su receta no surtida y recibir el medicamento en cuestión de

horas. En términos de política pública, era una afirmación ambiciosa, verificable,
medible y soñadora por no calificarla peor.
La realidad operativa fue muy distinta.
Durante los primeros meses de operación, la Megafarmacia reportó cifras
modestas de surtimiento frente al universo total de recetas emitidas diariamente
en el país. En un sistema que genera millones de recetas al mes, los envíos
gestionados desde Huehuetoca representaron una proporción ínfima.
Además, muchos medicamentos reportados como “disponibles” estaban en
tránsito o sujetos a validación administrativa. El modelo dependía de que el
paciente detectara el desabasto en su clínica local, hiciera un reporte, se validara
la receta y luego se autorizara el envío. En la práctica, la fricción burocrática
desincentivó el uso masivo del sistema.
El problema central fue conceptual: la Megafarmacia no era un sistema de
abastecimiento preventivo, sino reactivo. En lugar de garantizar que cada hospital
y clínica tuviera inventario suficiente, se apostó a una especie de “rescate
logístico” desde un punto central. Eso implica costos de transporte elevados,
tiempos variables y una cadena de validación que añade complejidad.
La retórica vs los datos
La Megafarmacia fue presentada como la más grande del mundo. Sin embargo,
grandes sistemas hospitalarios internacionales —como los del Reino Unido o
Estados Unidos— operan redes descentralizadas con múltiples centros regionales,
y no solo un punto nacional.
La afirmación de que ningún paciente se quedaría sin medicamento resultó
políticamente potente, pero financieramente arriesgada y ridícula. Cuando el
gobierno asume públicamente una garantía absoluta, crea una expectativa que, de
no cumplirse, erosiona la credibilidad institucional.

Y eso fue precisamente lo que ocurrió: colectivos de pacientes oncológicos y
organizaciones civiles continuaron denunciando faltantes en distintos puntos del
país.
Una lección de política económica
El caso de la Megafarmacia ilustra un patrón recurrente en políticas públicas de
alto perfil: se privilegia la obra emblemática sobre la reforma sistémica. Es más
visible inaugurar un edificio que rediseñar procesos administrativos. Es más
rentable políticamente cortar un listón que renegociar contratos complejos con
farmacéuticas.
El entonces presidente López Obrador aseguró que el desabasto quedaría atrás.
La evidencia muestra que el problema fue más persistente y estructural de lo que
el discurso admitía.
En economía pública, las promesas totales suelen chocar con realidades
complejas. La salud es un sistema interconectado que depende de compras
oportunas, pagos a proveedores, planeación de demanda, almacenamiento
regional y distribución eficiente. Un edificio, por grande que sea, no sustituye la
gobernanza.
La Megafarmacia terminó siendo menos un parteaguas logístico y más un
monumento a la sobrepromesa política. Y en finanzas públicas, cada
sobrepromesa tiene un costo: el costo fiscal, el costo de oportunidad y el costo en
confianza institucional.
Esa es, quizá, la factura más alta de todas.
Resultados operativos pobres
Un reporte de El Universal, basado en solicitudes de transparencia, mostró que
entre 29 de diciembre de 2023 y 29 de abril de 2024, la Megafarmacia entregó

solo 341 recetas, lo que significa aproximadamente 2.7 recetas por día, frente a
millones de recetas emitidas diariamente por instituciones públicas.
Además:
 El inventario de medicamentos con el que abrió fue apenas el 0.9% de su
capacidad de almacenamiento (capacidad para 280 millones de piezas,
pero solo tenían ~2.5 millones de medicamentos inicialmente).
 Parte del inventario no fue comprado ex profeso, sino trasladado desde
otros institutos como IMSS, ISSSTE e IMSS-Bienestar.
Percepción ciudadana y funcionalidad real
Periodistas y reportes independientes demostraron que el sistema de atención
telefónica y de logística operó con lentitud, genera fricción burocrática y no ha
resuelto el problema del desabasto para la gran mayoría de usuarios.
Por ejemplo, pacientes con tratamientos críticos —como medicamentos para
cáncer— han denunciado que ni el IMSS ni la Megafarmacia pudieron surtir
sus fármacos a tiempo, obligándolos a buscar alternativas fuera del sistema
público.
¿Para qué funciona ahora ese enorme edificio?
 Actualmente, la Megafarmacia funciona principalmente como centro de
almacenamiento y distribución secundaria, para medicamentos de
instituciones públicas, sin la operatividad prometida de surtir directamente
al usuario final.
 Su infraestructura ha sido criticada por operar como una bodega gigante
con escaso movimiento de stock y, en algunos momentos, con
inventarios muy reducidos.
 Documentos oficiales y fichas técnicas han sido borrados o retirados del
portal de SHCP, lo que dificulta conocer el funcionamiento real, los costos
operativos actualizados y si hay indicadores de resultados.

En otras palabras, más que un centro logístico completamente funcional para surtir
medicamentos a tiempo, hoy es una bodega con potencial subutilizado y poca
utilidad práctica directa
Mentiras, falacias y costos sociales

  1. La promesa de acabar con el desabasto nunca fue realista
    La Megafarmacia se vendió políticamente como la solución absoluta al desabasto
    de medicinas. La evidencia muestra que no solo no lo resolvió, sino que ni
    siquiera operó a capacidad mínima básica, con menos de 1% de medicamentos
    almacenados en comparación con su capacidad.
    Esto refleja una confusión entre construcción de infraestructura y solución de
    problemas estructurales —como compras eficientes, contratos estables y
    logística regional— que pesan más en la logística sanitaria que un almacén
    central.
  2. Los costos se dispararon y la transparencia desapareció
    La estimación original de inversión se incrementó miles de millones de pesos sin
    una mejora proporcional en metas o resultados tangibles. La desaparición de
    documentación pública operativa además resulta incompatible con principios de
    transparencia fiscal y rendición de cuentas.
    Conclusión financiera y social
    Desde un punto de vista financiero riguroso, la Megafarmacia del Bienestar fue:
    Carísima en términos de inversión proyectada (más de 20 mil millones de pesos).
    Ineficiente en resultados operativos directos —menos de 3 recetas diarias frente
    a la promesa de atender millones.
    Mal planeada en términos de abasto real, compras y logística.
    Opaca en términos de transparencia pública sobre costos y operaciones.

La Megafarmacia se queda en un símbolo vacío más que en una política
pública eficaz —y desde un análisis financiero objetivo, eso tiene costos
económicos y sociales muy graves.
Sin duda alguna, uno de los grandes fracasos de la 4T.
P.D. ¿Quién ganó con la compra oculta de una bodega a una empresa privada, de
2 mil millones? No queremos ser mal pensados, pero Nova Nordisk pegó arriba,
con la venta de una bodega construida y destinada al fracaso.
¡Quizá tuvieron suerte!

Gracias.

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