Columna Opinión Económica y Filosófica.
Dr. Jorge A. Lera Mejía.
En una época marcada por la polarización política, el desgaste emocional y la fragmentación de la confianza pública, celebrar el «Día de la Amistad» en Tamaulipas trasciende lo sentimental para convertirse en un acto profundamente político y ético.
No se trata sólo de flores ni de gestos efímeros, sino de un ejercicio de memoria y reconciliación colectiva.
La amistad, entendida filosóficamente, es una forma de virtud cívica: el reconocimiento del otro como igual en dignidad y diferente en pensamiento, pero necesario para «el equilibrio del todo».
El gobierno humanista, que busca la dignificación del ser humano y la reconstrucción del tejido social, encuentra en esta fecha una oportunidad simbólica para reorientar el espíritu público.
Aristóteles sostenía que «la philia» —amistad en su sentido más hondo— era el cemento de «la polis», pues sólo entre quienes aprenden a respetarse y colaborar puede florecer una comunidad justa.
En ese sentido, la celebración adquiere una dimensión política: consolidar la concordia como principio de convivencia, reconciliar lo que las disputas partidistas y los intereses han fracturado.
Tamaulipas es una tierra de contrastes, donde la esperanza y el dolor han convivido largamente. La amistad, entonces, no debe ser entendida como evasión o sentimentalismo, sino como un instrumento de reconstrucción moral.
Es un llamado a rescatar la confianza entre las familias, a restaurar los lazos que sostienen la vida comunitaria. En el ámbito de la política pública, puede traducirse en espacios de diálogo cívico, en proyectos de cooperación intermunicipal, en el reconocimiento de que la diversidad —de opinión, ideología o historia— no es una amenaza, sino una riqueza.
Filosóficamente, la reconciliación implica reconocer la herida y optar por el perdón. Martin Buber decía que el ser humano se realiza en el encuentro del «Yo con el Tú».
Recuperar ese encuentro en la sociedad tamaulipeca es quizá la tarea más urgente: volver a mirarse a los ojos sin prejuicio, sin la sombra del pasado, con la voluntad de construir confianza.
La amistad auténtica no exige uniformidad; demanda, más bien, comprensión y empatía. En tiempos de furia digital y desinformación, practicarla es un acto de resistencia ética.
El Día de la Amistad puede y debe resignificarse como un espacio de reconciliación cívica. Un día para que las escuelas, las instituciones y los hogares promuevan la ternura pública, la solidaridad y el diálogo.
En una sociedad herida por la desconfianza, reconciliarse no es olvidar, sino elegir cooperar para un bien mayor. La filosofía humanista lo resume así: sólo donde se cultiva la amistad, florece la libertad.
Que el espíritu del 14 de febrero sea, entonces, más que una fecha comercial; que sea una jornada de reencuentro humano, una pausa en la división y una apuesta por la comunión entre los ciudadanos. Tamaulipas lo necesita no sólo como gesto, sino como camino ético hacia su pacificación interior.