*.-REGIDORES CIERRAN EL PASO AL ENDEUDAMIENTO DE CIUDAD MADERO.
Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
Hay días en que la política deja de ser trámite…
y se convierte en espectáculo.
Y lo ocurrido en Ciudad Madero fue exactamente eso:
el momento en que al alcalde se le acabó el libreto y se le cayó la escenografía.
Porque, seamos claros, mi estimado lector:
Erasmo González llevaba meses gobernando como quien cree que el Ayuntamiento es extensión de su sala, el Cabildo un club de aplausos y las finanzas públicas una chequera personal.
Todo planchado.
Todo acordado.
Todo aprobado.
Hasta que no.
El alcalde señalado públicamente por sus presuntos vínculos con los Carmona y por aparecer una y otra vez en la narrativa incómoda del huachicol fiscal, se topó con la horma de su zapato.
No fue un regaño suave.
No fue una objeción técnica.
Fue un frenón en seco.
Esta vez no funcionó el madruguete.
No hubo línea que obedecer.
No hubo Cabildo sumiso dispuesto a levantar la mano sin preguntar.
Y entonces apareció lo que no estaba en el guion.
La regidora Mayra Ojeda, acompañada por un grupo de ediles que —milagrosamente— recordaron que tenían columna vertebral, encabezó una rebelión institucional que rompió con la inercia del “todo se aprueba” y cerró el paso a un endeudamiento millonario cargado de opacidad, sospechas y ese olor inconfundible a negocio mal explicado.
No se trataba de un tecnicismo presupuestal.
Se trataba de hipotecar el futuro de Ciudad Madero.
Y ahí vino el golpe que no esperaba Erasmo.
Porque endeudar al pueblo no es un trámite administrativo, es una decisión política mayor que exige transparencia, legitimidad y consenso.
Sin eso, es puro circo:
un alcalde jugando al Monopoly con el dinero de los ciudadanos, creyendo que siempre cae en “salida”.
Pero esta vez no.
Acostumbrado a gobernar sin resistencia real, Erasmo descubrió —a la mala— que el Cabildo no es su notaría personal ni una ventanilla automática para estampar sellos en cualquier disparate.
Que la obediencia ciega no es gobernabilidad.
Y que cuando el poder se ejerce sin frenos, la lealtad se convierte en complicidad.
La sesión fue tensa, incómoda y reveladora.
Porque cuando el dinero público entra en juego, callar también es decidir.
Y esta vez, el silencio perdió la votación.
Lo ocurrido en Ciudad Madero no es una anécdota local ni una riña de pueblo chico.
Es una advertencia en letras mayúsculas.
Cuando los regidores despiertan,
cuando el Cabildo recuerda para qué existe, y cuando alguien se atreve a decir “no” en voz alta, el poder deja de avanzar en piloto automático.
Para los alcaldes que gobiernan desde la comodidad de la impunidad —donde toda sospecha se reduce a “chisme opositor”— esto es una mala noticia.
Porque significa que la simulación empieza a resquebrajarse.
¿Vendrán auditorías?
¿Más rebeliones?
¿Más grietas en el muro?
Quién sabe.
Pero una cosa es segura:
en Ciudad Madero, el alcalde ya no gobierna solo.
Y cuando eso ocurre, el poder tiembla…
aunque no quiera admitirlo.
El telón se movió.
La función cambió.
Y algunos, por primera vez, ya no saben si el aplauso será de ovación o de despedida.