El Patinadero
Juan Antonio Montoya Báez
Cuando ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR echó a andar su plan para asaltar la Presidencia al inicio del siglo XXI, pocos creyeron que su mesianismo prosperaría. Tras su paso por el Gobierno del Distrito Federal, AMLO se dedicó a predicar en plazas públicas ante cuatro gatos y dos perros que lo escuchaban mientras el resto del país lo tildaba de «loquito».
En Tamaulipas, uno de los poquísimos priistas que se la jugó de frente con el tabasqueño fue el actual alcalde de Ciudad Victoria, EDUARDO GATTÁS BÁEZ. Él es de los pocos «pejistas» de cepa que aguantó los polvos de aquellas giras cuando el movimiento era apenas una promesa. Sin embargo, de esos fundadores auténticos ya no queda casi nada; el movimiento fue secuestrado por una horda de arribistas.
AMLO terminó rodeándose de lo peor del PRI y del PAN, privilegiando el compadrazgo al grado de colocar hasta a su chofer en puestos de poder. Pero la fiebre del «peje» no escapó de la ambición familiar: permitió que sus hijos metieran las manos en cuanto negocio —lícito e ilícito— se les cruzó enfrente.
El control de las aduanas, el huachicol y los contratos leoninos de Pemex fueron el botín de una familia que se sentía dueña de México.
Hoy, la presidenta CLAUDIA SHEINBAUM PARDO sigue lidiando con la herencia tóxica de los «pejistas» que le disputan el mando, encabezados por ANDRÉS MANUEL LÓPEZ BELTRÁN, quien junto a LUISA MARÍA ALCALDE se asumen como los dueños exclusivos de la franquicia de Morena.
ANDY y MARIA LUISA controlan a placer las millonarias prerrogativas de Morena en el país, restringen la circulación de recursos a los comités directivos estatales, les controlan todas las compras y los gastos.
El recurso lo centralizan desde la ciudad de México desde donde les envían cursos con profesionales chilangos que inflan precios para justificar el gasto millonarios.
En Tamaulipas, la historia es igual de cínica. Los verdaderos hombres y mujeres de izquierda fueron desplazados por personajes que llegaron con un «hambre ancestral».
Individuos que jamás habían ostentado un cargo y que, al primer roce con el poder, se envilecieron. Se dejaron llevar por sus instintos más primitivos: llegaron a saquear.
La Fiscalía Anticorrupción tiene carpetas abiertas que son un monumento a la desvergüenza. Ahí están los expedientes de los ex titulares de Cultura y Deporte por presunto peculado.
Y qué decir del caso contra un secretario en funciones, acusado de delincuencia organizada, enriquecimiento ilícito y de coleccionar más de una docena de propiedades compradas con dinero de dudosa procedencia.
Lo más indignante es la impunidad. A pesar de las pruebas, no se procede. Al contrario, el régimen ha optado por amedrentar a los denunciantes para que retiren sus quejas, confirmando una complicidad criminal en las altas esferas. La crítica interna es feroz: los idealistas de la izquierda se sienten traicionados por esta pandilla que solo llegó a robar, mentir y traicionar.
El gran culpable es el propio AMLO, quien sucumbió al embriagante olor del poder, un veneno letal que contamina cualquier proyecto. La falta de madurez y el exceso de soberbia tienen hoy a Morena en un desgaste acelerado.
El espejo de lo que viene es Oaxaca: ahí, SALOMÓN JARA tuvo que recurrir a las peores mañas para salvar «de panzazo» la consulta de revocación. El resultado es un desastre para un estado que se suponía el bastión de la izquierda.
El poder ciega, pero la realidad termina por pasar la factura.
Bueno, por hoy es todo.
Adiós y aguas con los patinazos…