Por: Luis Enrique Arreola Vidal.

En Tamaulipas la política no se aprende en cafés ni en memes de Twitter.

Se aprende sobreviviendo.

Sangrando.

Y recordando quién te traicionó cuando el PRI era dios y el PAN un insulto.

Quien no conoce las entrañas del sistema tamaulipeco habla incoherencias elegantes: confunde cargos con liderazgo, coyunturas con procesos, y grilla barata con poder real.

Aquí no se improvisa: se hereda, se construye a golpes… o se paga con el destierro eterno.

Francisco García Cabeza de Vaca nunca llegó al PAN por militancia, doctrina o convicción.

Llegó por circunstancia. Siempre por circunstancia.

Nadie quería la candidatura del PAN a diputado federal por Reynosa en el 2000.

Nadie.

Entonces apareció él, vinculado a los hermanos Vibriesca, hijos de Carmen Sahagún —esposa de Vicente Fox, el hombre que arrasaría la Presidencia.

El efecto Fox lo sentó en la curul.

No los votos de Reynosa.

No su estructura.

El arrastre nacional. Punto.

Su alcaldía en Reynosa (2005-2007) tampoco fue hazaña panista.

Fue ofrenda perversa de Tomás Yarrington, el gobernador priista que jugaba con compadres como si fueran fichas de dominó.

Sacrificó a su amigo de juventud, Humberto Valdez Richaud —“Bético”—, compadre doble, para entregarle el municipio a los hijastros de la Presidencia de la República.

Pasó por encima de lealtades, amistades y trayectorias.

Así era Yarrington: poder absoluto, favores cobrados con sangre política.

Ahí nació el mito de Cabeza de Vaca.

No el panismo. El oportunismo puro.

En 2004, mientras Cabeza seguía encerrado en Reynosa sin conocer el Tamaulipas real, el PAN ya tenía a su arquitecto verdadero: Gustavo Cárdenas Gutiérrez.

Antes de Gustavo, el PAN no existía como opción competitiva. Era un club de soñadores.

Gustavo caminó el estado cuando hacerlo era jugarse la vida contra el PRI total.

Ganó la capital. Enfrentó a Manuel Cavazos Lerma, un gobernador que sí sabía ejercer el poder con puño de hierro.

Con carisma, gestos y terquedad construyó masa crítica, abrió puertas, volvió al partido incómodo y creíble.

Ahí estaban los panistas de cepa.

Ahí estaba Gloria Elena Garza, militando cuando ser panista era ir contra el mundo, no posar para selfies.

Desde antes de la mayoría de edad ya formaba parte del Comité Directivo Estatal.

Eso es panismo.

Todo lo demás es postureo.

Los números no mienten. La historia menos.

1998: PRI arrasa con Tomás Yarrington (53.66%). Gustavo Cárdenas saca 26.02% contra todo el sistema. Joaquín Hernández Correa, 15.66%.

2004: Eugenio Hernández Flores arrasa con 57.60%, pero Gustavo sube a 31.46%.

El PAN ya era enemigo silencioso que crecía.

2006: Gustavo le gana al PRI la senaduría de mayoría y unifica inconformes en un contexto nacional infernal.

Eugenio corrige, blinda y el PRI se lleva todo lo demás.

Eso fue resistencia.

Eso fue construir.

Mientras, Cabeza aprendía otra política: la del acuerdo cupular, el favor negociado, el cálculo frío.

Termina alcaldía en 2007.

Óscar Luebbert desmantela el cabecismo en Reynosa y lo destierra del municipio.

Como diputado local plurinominal (LX Legislatura), Ricardo Gamundi lo tenía como silla vacía: sesionaba una vez al mes, obedecía, callaba.

Condición única: que no le tocaran sus cuentas.

El mismo que hoy se vende como bravucón se dobló ante el poder priista con tal de salvar el pellejo financiero.

El panismo no lo quiso candidato a gobernador en 2010. Y tenía razón.

Su gran salto no fue conquista: fue transacción.

2012: Egidio Torre Cantú pierde pese al arrastre peñista.

Se abren puertas. Cabeza y Maki Ortiz llegan al Senado.

Ahí negocia con Osorio Chong: reformas estructurales a cambio de gubernaturas para la oposición. Entre ellas, Tamaulipas.

No fue épica. Fue contrato.

Historia antigua, pero indeleble.

Hoy el escenario es otro: gobierna la cacocracia.

Nadie sabe gobernar, todos creen saber mandar.

El sistema está debilitado, el vacío de conducción es evidente.

La ciudadanía no premiará a Morena por saber gobernar. Le cobrará caro por no saber hacerlo.

Por eso importa —y mucho— quién asuma la dirigencia del PAN.

Hoy el panismo verdadero, el de territorio, el que resistió cuando dolía de verdad, va a decidir.
Dos rutas nítidas:

•   La del fantasma que no puede cruzar la frontera porque lo detienen. Que opera desde lejos. Cuyo nombre es lastre electoral tóxico.

•   La del panismo de tierra, representado por Gloria Garza y César “Truko” Verástegui: formados en la resistencia, curtidos en elecciones reales, protagonistas cuando el sistema sí sabía defenderse.

La elección de 2022 se perdió por menos del 6%. 88 mil votos.

La más cerrada en la historia de Tamaulipas.

No se perdió porque la gente amara a Américo Villarreal.

Se perdió porque votaron contra Cabeza de Vaca.

Porque en política la gente vota con el corazón… pero también contra el estómago.

Y cuando algo duele en el estómago, el cuerpo lo expulsa. Así desecharon al cabecismo.

Hoy la pregunta no es quién le conviene al PAN.

La pregunta es: ¿a quién le conviene a Morena?

La respuesta es brutal y clara:
A un PAN sin calle, sin memoria y sin músculo real.

A una fórmula gris como Omeheira López Reyna —mujer sin expertis en la política estatal profunda, paisana del titular de la secretaria de Gobierno, rodeada de compañeros que serían rehenes fáciles del poder estatal por sus antecedentes.

O a Gloria y Truko: guerrilleros de tierra, operadores que saben cómo ganarle al sistema cuando el sistema realmente sabía ejercer el poder.

Esta elección interna no es trámite.

Es el momento en que el panismo decide si seguirá rehén del pasado…

O si, por fin, se atreve a volver a ganar.

El reloj corre. La historia cobra facturas.

Y esta vez, el cobro viene con intereses.