Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
La historia no perdona a quienes la ignoran.
No avanza en línea recta: retrocede, se reinventa y regresa con máscaras nuevas, promesas vacías y los mismos métodos de control absoluto.
El siglo XX creyó haber sepultado el horror totalitario tras la derrota del nazismo; sin embargo, ese mismo siglo conservó un régimen comunista y socialista surgido en Rusia, que luego se transformó en la URSS y terminó proyectándose en América Latina, con acento revolucionario, banderas rojas y un discurso que promete justicia mientras administra miedo.
I. El método: propaganda, despojo y miedo.
¿Cómo convierte un régimen el robo en “justicia social”?
En la Alemania nazi, Adolf Hitler perfeccionó una receta letal: propaganda masiva, chivos expiatorios y una legalidad ficticia.
Primero se despoja de derechos; luego, de bienes; finalmente, de la vida.
Todo envuelto en una burocracia fría que anestesió conciencias y retrasó la reacción del mundo.
Ese mismo manual —con variaciones semánticas— se aplicó en Cuba y Venezuela.
La “revolución” prometió igualdad y entregó confiscaciones masivas camufladas como “nacionalizaciones” o “expropiaciones”.
Ciudadanos prósperos fueron degradados a súbditos atemorizados.
El resultado es idéntico al del totalitarismo clásico: economías devastadas, sociedades rotas y el miedo como política pública.
II. Prisioneros políticos: de los campos a las celdas del terror estatal.
Los campos de concentración nazis no fueron un accidente; fueron la culminación de una deshumanización planificada.
En Cuba y Venezuela, las prisiones políticas —documentadas por Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Prisoners Defenders— reproducen la misma lógica: aislamiento, tortura psicológica y física, juicios simulados y castigo ejemplar.
El objetivo no es solo encerrar al disidente; es advertir a toda la sociedad.
Como en los años treinta, el mundo reacciona tarde.
Hoy, la censura digital y la propaganda oficial persiguen el mismo fin: borrar a las víctimas, normalizar el abuso y convertir el horror en rutina.
III. El éxodo: huir para sobrevivir.
De la Alemania nazi se escapaba con una maleta y el alma en vilo, como lo hicieron los abuelos de la hoy Presidenta de México.
Hoy, millones de latinoamericanos recorren rutas similares por razones idénticas: persecución, hambre y miedo estatal.
El éxodo venezolano —el mayor de la historia regional, con casi ocho millones de desplazados—, la emigración cubana reconfigurada hacia Europa y Sudamérica, y los flujos constantes desde Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala componen un mapa continental del desamparo.
México fue refugio de judíos europeos en los años cuarenta; Estados Unidos también abrió puertas.
Hoy, esos mismos caminos los recorren latinoamericanos desesperados.
La ironía es devastadora.
IV. Populismo autoritario y crimen organizado.
La fórmula contemporánea mezcla retórica “social” con prácticas mafiosas.
Donde el Estado de derecho se debilita, el crimen organizado ocupa el vacío.
La justicia se vuelve selectiva, la seguridad un privilegio de los leales y el miedo el regulador cotidiano.
No siempre hay tanques: basta el hambre, la vigilancia digital y la represión quirúrgica.
V. México ante el espejo: de refugio a riesgo de complicidad.
Aquí el espejo duele.
Porque México no solo observa: empieza a participar.
México se acerca a la complicidad cuando transfiere apoyos energéticos y regala petróleo a la dictadura cubana bajo el disfraz de cooperación, alimentando al régimen y no a su población.
Entre 2024 y 2025, Pemex envió millones de barriles valorados en cientos de millones de dólares —con estimaciones que superan los tres mil millones en combustibles subsidiados durante meses clave de 2025—, según reportes coincidentes de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, El Financiero y el Instituto de Energía de Texas.
No es solidaridad humanitaria cuando el beneficiario es el poder que reprime; es oxígeno político para un sistema autoritario.
La complicidad también se expresa en el plano cultural y educativo, cuando se financia el adoctrinamiento mediante libros de texto controvertidos, acusados de sesgo ideológico y de blanquear narrativas autoritarias.
Y alcanza su rostro más crudo en la contratación de médicos cubanos.
Presentada como cooperación sanitaria, esta práctica opera —según denuncias documentadas de Prisoners Defenders, Human Rights Watch, organismos de la ONU y testimonios directos— como una modalidad de esclavitud moderna: salarios confiscados mayoritariamente por el Estado cubano, vigilancia permanente, retención de documentos, castigos a desertores y separación familiar.
El profesional no es sujeto de derechos; es un recurso exportable del régimen.
México no debería ser destino ni socio de ese engranaje.
Nada de esto es neutral.
Todo suma: energía que sostiene al poder, cultura que anestesia conciencias y trabajo humano explotado que legitima la coacción.
Así se construye la complicidad funcional.
VI. Memoria y advertencia: una obligación moral.
La historia familiar de Claudia Sheinbaum —descendiente de judíos que huyeron del horror europeo— recuerda una verdad incómoda: México existe como refugio porque otros países dejaron de serlo.
Esa memoria obliga.
Cuando se erosiona la independencia judicial, se coquetea con el control mediático o se normaliza la impunidad bajo el disfraz de “transformación”, México se asoma a la pendiente que ya devoró a Cuba y Venezuela.
La memoria no es adorno: es responsabilidad.
VII. La ceguera no absuelve.
El nazismo enseñó que el mal no siempre entra con botas; a menudo llega con promesas redentoras y leyes “legítimas”.
Cuba y Venezuela prueban que el totalitarismo puede vestirse de justicia social y durar décadas, destruyendo naciones enteras.
La gran pregunta permanece: ¿qué habría sido de las víctimas si el mundo no hubiera intervenido cuando la democracia fue masacrada?
La autodeterminación no puede ser coartada para tolerar el crimen de Estado.
México debe fijar postura.
No evadirla ni convertirse en espejo cómplice de dictaduras que matan lentamente.
Mirar el reflejo con coraje y actuar en consecuencia —romper subsidios al autoritarismo, rechazar la propaganda y negarse a participar en la explotación humana— es el único camino para no repetir el horror.