Por: Luis Enrique Arreola Vidal.

El relevo en el Senado.

La noticia recorrió los pasillos del poder: Laura Itzel Castillo Juárez será la nueva presidenta de la Mesa Directiva del Senado de la República.

Un relevo que no es un simple cambio de sillas, sino un gesto político de profundo simbolismo. Claudia Sheinbaum, ya investida como presidenta, envía un mensaje nítido: comienza la depuración de las herencias tóxicas del lopezobradorismo.

Se va Gerardo Fernández Noroña, ese oportunista que confundió la estridencia con liderazgo, el insulto con argumento y la vulgaridad con política de altura. Un personaje misógino, bufón y trágico a la vez, que nunca representó los ideales de la izquierda, sino la caricatura de su decadencia. Su salida de la Mesa Directiva abre la puerta a la dignidad.

El linaje de Heberto Castillo.

Porque Laura Itzel no llega sola ni improvisada.

Es hija de Heberto Castillo Martínez, uno de los más grandes iconos de la izquierda mexicana.

El ingeniero que prefirió renunciar a una candidatura presidencial en 1988 para respaldar la unidad, el hombre que creyó en la democracia cuando otros se vendían al mejor postor.

Ese linaje no es un apellido heredado: es una bandera ética, un compromiso histórico.

Laura Itzel ha hecho su camino: arquitecta, diputada, delegada, secretaria de Desarrollo Urbano con López Obrador en la Ciudad de México, directora de la Red de Transporte de Pasajeros. Y hoy, senadora.

Pero sobre todo, una mujer proba, congruente y de izquierda real, más cercana al perfil de Claudia Sheinbaum que a las estridencias mediáticas del obradorismo tardío.

La Sheinbaum que emerge.

Sheinbaum se muestra en este movimiento: racional, académica, científica, feminista y pragmática.

Muy lejos del estilo personalista y clientelar de AMLO, y aún más de los excesos de Noroña. Al respaldar a Laura Itzel, la presidenta rompe con la inercia de las “herencias malditas” y empieza a construir su propio sello: el de un gobierno que privilegia mujeres con trayectoria, decencia y solidez moral, frente a caudillos de feria y gritones de cantina.

El mensaje no es menor: la política mexicana deja de ser un espacio de testosterona mal encausada para abrir paso a la inteligencia serena de las mujeres.

El tiempo de las mujeres.

No es casualidad que Laura Itzel llegue a la presidencia del Senado en este momento.

Es el símbolo de que la nueva política mexicana ya no necesita histriones ni bufones, sino arquitectas de futuro.

Mientras la vieja guardia sigue obsesionada con gritos y descalificaciones, Sheinbaum apuesta por el legado de quienes sí dieron la vida por causas sociales, como Heberto Castillo, y por mujeres capaces de honrarlo con sobriedad, conocimiento y fuerza ética.

México comienza a presenciar una transición real: del obradorismo al sheinbaumismo.

La llegada de Laura Itzel a la Mesa Directiva del Senado no es solo un movimiento administrativo: es la primera campanada de una nueva era.

Una era que rompe con la vulgaridad y el oportunismo y rescata el sentido histórico de la izquierda mexicana.

En el relevo de Noroña por Laura Itzel no solo se cambia de presidente del Senado: se cambia de época.