Por Luis Enrique Arreola Vidal.

Hay sueños que nacen del amor más puro y se convierten en una agenda de justicia. Martha Luz Falcone no imaginó un modelo para lucirse en foros ni para medirse en likes. Soñó —como solo sueñan las madres— con el futuro de su hijo Jaime, un joven con autismo, y desde ese amor construyó una propuesta que hoy interpela al Estado mexicano entero.

Lo que nació como una preocupación íntima —¿qué será de mi hijo cuando yo no esté?— se transformó, con disciplina y convicción, en Hogar Bienestar: una iniciativa nacional que Martha está gestionando formalmente ante el Gobierno Federal, los estados y los municipios.

Una propuesta viva, respaldada por 28 años de experiencia, que busca ser política pública, no anécdota.

Hogar Bienestar es un modelo integral de residencias tuteladas y cuidados permanentes para personas con discapacidad que requieren asistencia continua.

No es un gesto filantrópico: es un plan con fundamentos técnicos, viabilidad financiera y enfoque de derechos humanos.

Inspirado en el sistema español, pero adaptado a las realidades mexicanas, propone una red de viviendas supervisadas, hogares grupales, cuidados adoptivos remunerados, accesibilidad universal, estrategias culturales para pueblos indígenas y afrodescendientes, estándares ecológicos, y empleos formales para quienes cuidan. Imaginemos una residencia en Ciudad Victoria: 10 adultos con discapacidad viviendo con cuidadores capacitados, rampas en cada esquina, talleres de arte y un costo anual de 2 millones de pesos, financiado entre gobierno y privados.

Pero su origen no es técnico: es profundamente humano. Martha no habla desde el escritorio, habla desde el corazón. Desde la vida diaria con Jaime, desde los silencios institucionales, desde el miedo legítimo que comparten miles de madres y padres en México: morir sin saber quién cuidará de sus hijos con discapacidad.

En México, según el INEGI, más de 8.1 millones de personas viven con discapacidad. De ellas, el 70% depende de cuidadores familiares no remunerados, un esfuerzo invisible que el Estado ahorra pero que colapsa cuando estos faltan. Cuando el cuidador —usualmente una madre— muere, el sistema simplemente no existe. No hay red.

No hay protocolo. No hay futuro.
Martha lo sabe y por eso hoy no sólo sueña: propone, construye y gestiona. Ha llevado esta iniciativa a las mesas del Gobierno Federal —particularmente a la presidenta electa Claudia Sheinbaum y a la Secretaría del Bienestar—, al gobierno de la Ciudad de México con Clara Brugada, y al ámbito estatal y municipal. Porque sabe que para que el cuidado sea un derecho, no basta la voluntad individual: se requiere voluntad institucional.

Hogar Bienestar plantea comenzar con cinco residencias piloto en 2025-2026. Busca alianzas con el sector privado, organizaciones internacionales, universidades y familias. Su modelo de financiamiento es mixto: recursos públicos, aportaciones privadas, donaciones y colaboración de constructoras.

Y, sobre todo, busca blindar su implementación mediante una Ley Federal de Cuidados, que garantice su permanencia más allá de gobiernos y discursos.

Pero lo más valioso no está en los planos ni en las cifras. Está en la mirada de Martha cuando habla de Jaime. Está en su certeza de que este país puede, si se lo propone, dejar de vivir de espaldas a las personas con discapacidad.

El sueño de Martha Falcone es el sueño de miles de familias. De millones de personas que necesitan ser vistas, reconocidas y protegidas.

La presidenta electa tiene en sus manos la posibilidad histórica de hacer realidad esta visión.

Pero no basta con ella: Martha ya dio el primer paso; ahora depende de nosotros —ciudadanos y gobernantes— caminar juntos hacia ese futuro. Porque los verdaderos actos de transformación no se escriben con tinta electoral, sino con políticas que cambian vidas.

Martha ya hizo lo suyo. Trazó el camino, levantó la voz, puso sobre la mesa una propuesta tan sólida como urgente.

Ahora toca al Estado y a cada uno de nosotros decidir si estaremos a la altura de una madre que, por amor, ya se volvió constructora de un mañana mejor.

Porque hay sueños que no pueden esperar. Y este, el de Martha, no es solo un sueño. Es un derecho que clama por justicia para los desprotegidos.