Por Luis Enrique Arreola Vidal.

Este fin de semana, Ciudad Victoria fue escenario de una tragicomedia política tan absurda que ni el guionista de La Familia P. Luche se atrevería a firmar.

Gerardo Illoldi, secretario del Trabajo de Tamaulipas y aspirante a todo, llamó a regidores de Morena, PAN y Movimiento Ciudadano con una instrucción garabateada en el aire:
“Revienten a Gattás”. Sin rodeos.

Según él, la orden venía directamente del Gobernador.

Uno de los regidores, incómodo, activó la grabadora de su celular.

El plan era simple y sucio: orillar al alcalde Eduardo Gattás a renunciar, para que Illoldi se trepara al poder municipal con trampolín prestado y banda de mariachis.

Pero cuando dos regidores consultaron a la Oficina del Gobernador, recibieron un balde de agua fría: nadie avalaba esa farsa.

Lo que parecía una jugada maestra era apenas el monólogo de un megalómano que confundió la política con su telenovela personal.

El 1 de abril, Patricia Reyes —prima de Illoldi y directora del DIF Victoria— subió un video acusando a Gattás de todos los pecados habidos y por haber, desde el caos municipal hasta el de Adán y Eva.

Pero la realidad es menos bíblica y más desesperada: Illoldi está obsesionado con la alcaldía.

No es un plan político; es un capricho económico, personal y desesperado.

Sabe que Morena no lo postulará en 2027. Las encuestas internas lo ubican con un 62% de rechazo ciudadano, por nepotismo, corrupción y un enriquecimiento tan acelerado como sospechoso.

Por eso, intenta por la mala lo que no ganará en las urnas.

Regidores alineados a su grupo bloquearon el Plan de Obra Pública 2025, valuado en 120 millones de pesos, paralizando pavimentaciones y drenajes como los de la colonia Libertad. ¿La excusa?

“Illoldi es el enviado del Gobernador”, como si Américo Villarreal no tuviera un estado que gobernar y estuviera disponible para los berrinches de su secretario.

La Secretaría General de Gobierno guarda un silencio que retumba, cuando debería poner mano dura.

¿Que si hubiera una instrucción de Américo Villarreal respecto al tema no sería Hector Joel Villegas «El calabazo” quién tendría que operarla?

Pero el escándalo subió de tono el 2 de abril, durante la comparecencia del secretario de Salud.

María Elena Torres, ciudadana victorense y ganadora de un laudo laboral por 800 mil pesos contra la dependencia, denunció públicamente que el asistente de Illoldi le exigió el 30% para liberar el pago.

Lo que era rumor se volvió acusación: el clan Illoldi extorsiona a trabajadores con derechos ganados.

Conozco personalmente al doctor Vicente Joel Hernández Navarro, titular de Salud, y doy fe de su integridad.

Pero no se puede decir lo mismo de quienes convierten la política en una empresa familiar de presión y chantaje.

Illoldi no hace política; hace negocio. Su prima en el DIF y Cristina Lavín Sada en Desarrollo Urbano traban permisos, licencias y operatividad—en 2024, el 70% de las solicitudes de construcción fueron rechazadas por “irregularidades” que, casualmente, se resuelven con pagos extra.

Todo documentado en un informe interno del Ayuntamiento.

Mientras tanto, la síndica presiona la operatividad económica y la ciudad se estanca.

Esto no es House of Cards. Es Los Soprano, versión Cuarta Transformación.

Y lo peor: no es ficción.

Es la vida de miles de victorenses atrapados en una administración que convirtió el Ayuntamiento en un botín familiar.

Y todo ocurre mientras Trump amenaza desde el norte, y México necesita unidad, no guerras de clanes.

Illoldi no quiere ser alcalde. Quiere ser dueño del municipio.

Y mientras tú haces fila en el IMSS o tu calle sigue sin pavimentar, ellos negocian moches en lo oscurito.

Tamaulipas no merece este circo.

El Gobernador Américo Villarreal debe aclarar de inmediato si autorizó, encubrió o ignora estas maniobras.

Y si no lo hizo —como muchos creemos— entonces debe desmarcarse públicamente y cesar a Gerardo Illoldi.

Porque si calla, le entregan su nombre al chantaje.

La Fiscalía Anticorrupción también debe intervenir. Hay grabaciones, testimonios, pruebas.

La pregunta ya no es si Gerardo Illoldi abusa de su poder. La pregunta es: ¿quién lo protege?

Es hora de que esta comedia trágica tenga su acto final.