CONFIDENCIAL

Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.

                                             

La protesta magisterial que mantuvo tomada durante varias horas  la Secretaría de Educación de Tamaulipas (SET) podría ser, a simple vista, una reacción legítima frente al cúmulo de demandas incumplidas. Y en efecto, muchas de ellas tienen razón de ser. Pero lo que no puede soslayarse es ese tufo a manipulación política que emana del movimiento, como si detrás del grito de justicia laboral se ocultara una estrategia de presión con fines ajenos al interés educativo.

Para decirlo sin rodeos: el plantón que fue abortado la tarde de este martes,  despedía un tufo a operación política encubierta. La forma en que se orquestó la protesta, el momento en que se ejecuta y los actores que se mueven tras bambalinas, hacen pensar que hay algo más que inconformidad docente. No es descabellado suponer que lo que se pretende, en el fondo, es erosionar la imagen del gobernador Américo Villarreal Anaya, en un momento clave para su administración.

La sospecha no surge de la nada. En las últimas semanas se ha registrado una cadena de hechos inusuales que despiertan dudas razonables. Primero, los incendios ocurridos el 15 de marzo en varios municipios de la zona centro del estado, justo el mismo día en que el mandatario rendía su tercer informe de gobierno. ¿Coincidencia? Tal vez. ¿Conveniente? Sin duda.

Después vinieron los ataques mediáticos, muchos de ellos sustentados en noticias falsas, claramente diseñadas para provocar desestabilización o, al menos, sembrar incertidumbre. Y ahora, de forma sorpresiva, irrumpió esta protesta magisterial. La narrativa se repite, pero el contexto la vuelve más inquietante.

Lo lógico, si el problema fuera estrictamente laboral, habría sido buscar primero un acercamiento institucional. Si el diálogo con la secretaria de Educación, Lucía Aimé Castillo Pastor, estaba agotado, ¿por qué no intentar, desde el inicio, una interlocución directa con el gobernador? La omisión parece deliberada. Más que una mesa de diálogo, lo que se buscó fue el efecto mediático.

Además, hay señales de inspiración externa. No es casual que este movimiento ocurra a tan poco tiempo del éxito que obtuvo la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) al lograr que la presidenta Claudia Sheinbaum desistiera de la reforma a la Ley del ISSSTE. El ejemplo prendió la chispa. Los maestros tamaulipecos se sienten con fuerza. Lo que no está claro es si actúan por cuenta propia o por encargo.

Porque, curiosamente, el dirigente de la Sección 30 del SNTE, Arnulfo Rodríguez Treviño, no dio la cara en el momento en que fue tomado el edificio de la SET.

A diferencia del paro anterior, donde encabezó personalmente las movilizaciones, esta vez se mantuvo al margen. En su lugar apareció su secretario particular, Ulises Ruiz Pérez, como rostro visible del plantón. Pretender que eso lo deslindaba es ingenuo. Nadie puede creer que un movimiento de esta magnitud se gestó sin su aval.

Al final del día, lo que está en juego no es solo una serie de trámites administrativos o pagos atrasados. Lo que se pone en la balanza es la estabilidad del sistema educativo, el respeto a las instituciones y la legitimidad de las causas sociales. 

El chantaje disfrazado de protesta es una fórmula agotada. Y si en efecto hay razones legítimas detrás del reclamo, que se encaucen por la vía del diálogo. Lo demás, no es lucha sindical. Es cálculo político. Y del más vulgar.

ASI ANDAN LAS COSAS

[email protected]

Obtener Outlook para iOS