Golpe a golpe

Por Juan Sánchez Mendoza

La situación económica que padece México, ciertamente obedece en gran parte a la crisis mundial –ahora impulsada por el presidente estadunidense Donald John Trump–, pero igual han contribuido al quebranto 1) el excesivo poder burocrático, 2) la inversión especulativa, 3) el gasto desorbitado de funcionarios públicos y 4) el pillaje en algunas dependencias.

Además, en las últimas cuatro décadas se ha devaluado el peso en múltiples ocasiones –directamente o disfrazando el hecho con el deslizamiento de nuestra moneda frente a otras más fuertes, como el dólar y el euro–, convirtiendo el circulante en una divisa poco atractiva para el mercado mundial.

De ahí recobra capital importancia la sentencia del filósofo inglés Lord Acton –John Emerich Edward Dalberg-Acton–, que así reza: “Todo poder corrompe, pero el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Y en efecto, aquí en México los programas económicos del Gobierno Federal han fracasado a pesar de tantos planes y estrategias sexenales; y han fracasado porque los servidores públicos han hecho con la riqueza nacional los que se les ha dado su regalada gana; porque han gastado ofensivas cantidades de dinero en los procesos electorales, en los viajes presidenciales, en su promoción mediática y hasta en el sostenimiento de empresas fantasmas o, en el mejor de los casos, improductivas.

Un claro ejemplo de esto es que nos dicen que el petróleo es nuestro, cuando el llamado oro negro solamente ha enriquecido a determinados funcionarios.

Y todo ese saqueo, obvio, lo han cubierto elevando impuestos, contratando deudas (interna y externa), fabricando dinero o de plano provocando inflación y devaluaciones.

Tan sólo en las últimas ocho administraciones presidenciales –sin que se incluya la actual–, se produjeron diversos programas económicos, pero estos no funcionaron quizás por falta de continuidad o tal vez porque no hubo voluntad para apostarle a un fortalecimiento sostenido y sustentable en la materia.

Culpables del fenómeno:

Luis Echeverría Álvarez. Fue el presidente que empezó a darle en la torre al milagro mexicano, pues antes de que el asumiera la jefatura del Poder Ejecutivo federal, nuestro país crecía a un ritmo del siete por ciento anual en promedio. Era la tasa de crecimiento más alta a nivel mundial. Ni Japón ni Corea ni nadie la tenían. Pero uno de sus principales errores fue el populismo. Querer resolver todos los problemas de un plumazo, por decreto y gastando cantidades fabulosas de dinero.

José López Portillo fue un gran ilusionista, un gran utópico.

Ése señor creyó que con exportaciones de petróleo iba a convertir a México en otra Arabia, pero en cuanto se desplomaron los precios del llamado oro negro el mentado ‘Perro llorón’ (qepd) contrató una terrible deuda externa. Es decir, le aumentó 40 mil millones de dólares, en seis años, a la entonces existente, dizque para aprovechar el auge del crudo.

Pero se cayeron los precios y abajo se vino todo el teatro.

Entonces, su sexenio fue de pura fantasía.

Miguel de la Madrid Hurtado tuvo un sexenio gris. Pecó de omisión. El señor nunca funcionó ni para bien ni para mal. Como presidente, no se movía. Dejaba que todo se fuera deteriorando. Con él, México alcanzó la inflación más alta de su historia; el monto de deuda externa también más grave desde la existencia de nuestro país, y una de las recesiones más fuertes de la nación contemporánea.

Carlos Salinas de Gortari fue otro gran ilusionista, puesto que confió demasiado en el capital especulativo, la manipulación del mercado cambiario; en meterle mano negra y en mantenerlo barato artificialmente.

 Y en cuanto se fugaron los capitales especulativos, se vino abajo toda la aparente bonanza.

Ernesto Zedillo Ponce de León inició su régimen heredando crisis económica. Pero tampoco hizo nada correcto para sortearla.

Vicente Fox Quesada, por su parte, exhibió sumisión ante los excesos desorbitados de su segunda cónyuge, Martha María Sahagún Jiménez, quien gastó a manos llenas y permitió que sus hijos –que no son hijos de Vicente–, se enriquecieran escandalosamente al amparo del Gobierno Federal.

Con Felipe Calderón Hinojoza las cosas sí cambiaron, para mal, pues aparte de que su gobierno fue golpeado por la crisis económica global, no fue capaza de resarcir el daño en lo doméstico, aun cuando nos cobró impuestos más elevados.

Bajo el régimen de Enrique Peña Nieto, la mentada reforma fiscal dañó al grueso de los contribuyentes –aunque también a quienes aún no cotizaban y evadían al fisco–, tanto como la caída en los precios del crudo, ya que el presupuesto del 2015 estuvo fincado en falsas ilusiones de un boom petrolero.

Por último: Andrés Manuel López Obrador se peleó con los dueños del dinero, es decir, los inversionistas, así como con los capitales extranjeros, pues según él México sería autosuficiente con el rescate de Pemex; y con su política asistencialista sólo generó gasto desorbitado.

¡Vaya, fichitas!

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