Seguramente quienes decidieron estudiar y profesionalizarse en áreas de la salud, médicos, enfermeras, laboratoristas y demás personas que forman parte de centros hospitalarios tenían conocimiento de que su vida siempre estaría en riesgo, expuesta a cualquier contagio, pero es cien por ciento seguro que jamás se imaginaron pasar por lo que hoy están pasando.

Y es que los trabajadores de la salud no solo se enfrentan a la pandemia y los riesgos que para ellos y sus familias implica estar luchando contra el COVID-19, también enfrentan la ignorancia o locura de la gente que los ve como peligrosos.

Eso es lo peor, que aparte del riesgo de salud en el que se encuentran se han visto casos que tienen  que sufrir por la estupidez, perdóneme la palabra pero no se le puede calificar de otra manera, de  personas que en lugar de agradecerles el estar salvando vidas les agreden.

Lamentablemente la gente que agrede a médicos, enfermeras o cualquier personal que trabaja en centros hospitalarios no se dan cuenta que quizá el día de mañana sean ellos y ellas las que le salven la vida.

Triste es ver que ante la crisis que se vive por causa del coronavirus muchos valientes de la salud son incomprendidos, pero a pesar de eso, como profesionales y humanos que son aunque se estén jugando la integridad física y estabilidad de sus familias continúan laborando, saben que es su responsabilidad y que sin ellos será imposible acabar con el mal.

Cierto es que muchos se quejan y protestan, unos, muy pocos, son los que quieren aprovechar la situación, pero  la gran mayoría lo hacen con razón pues tienen miedo a ser contagiados, más porque en muchos casos no cuentan con los elementos necesarios para protegerse y ayudar a los enfermos a recuperarse o salvar vidas y eso no se vale, como tampoco  es válido  que gente insensata les agreda sin motivo.

Seguramente buena parte de los trabajadores de la salud se sienten impotentes, frustrados, solos e incomprendidos como para que aparte tengan que aguantar malos tratos, agresiones físicas y verbales.

A los valientes que están al frente de la batalla contra el COVID-19 la sociedad debería reconocerle, aplaudirles y hasta en lo posible ayudar a sus familias para que ellos, los doctores y enfermeras, hagan lo que saben hacer, sanar personas, salvar vidas.

No podemos ser ajenos a su dolor, su preocupación, su miedo. Debemos colaborar, no ser tan inconscientes y solo por no estar encerrados romper la cuarentena.

Debemos ser empáticos con quienes arriesgan su vida para salvar la de otros y a pesar del cansancio, injusticia y calamidades no se rajan.

Hoy no tengo más de que hablar, solo agradecer, aplaudir a los valientes doctores, enfermeras, camilleros, asistentes médicos y todos aquellos que están al pie del cañón, arriesgando hasta su integridad y estabilidad para cumplir con su responsabilidad.

Que DIOS les proteja, guíe sus manos y de fortaleza para continuar porque, aunque quisiéramos, esto del COVID-19 no terminará pronto, menos si los ciudadanos no colaboramos y en casa nos quedamos.

Más allá de políticos, conveniencias, pausas en proyectos esta la voluntad, profesionalismo y humanidad de los ángeles de blanco, profesionales de la salud, para esos valientes hoy el aplauso debe ser de pie.